sábado, 6 de enero de 2007

VII - Laodicea

Capítulo VII
LAODICEA


SINOPSIS DE LAODICEA

El juicio del pueblo y la Filadelfia degradada
De la hierocracia de Tiatira y Sardis surge la teocracia de Filadelfia, pero degenera en democracia en Laodicea - Laodicea es una Filadelfia degradada - Del fervor espiritual a la tibieza.

La connotación de la teología de la prosperidad
La iglesia proclama que es rica, pero esa riqueza no es de Dios - Dice Dios que esa iglesia es una desventurada, miserable, pobre, ciega y desnuda - El movimiento llamado Verdad Necesitada - El Señor castiga a los que ama - Hay que pagar un precio.

El Señor por fuera de la iglesia
La iglesia le ha fallado al Señor - La iglesia no deja entrar al Señor - Él llama a los vencedores, al que quiera abrirle - La iglesia tibia la vomitará de Su boca - Jesucristo ahora trabaja con los vencedores - Muy pocos quieren comprar el oro refinado de Dios.

Los vencedores de Laodicea
Séptima recompensa: Se sentarán con Cristo en su trono glorioso - Es el mayor galardón ofrecido a los vencedores de todas las épocas, prometido por el Señor Jesús, el primer vencedor.

LA CARTA A LAODICEA

"14Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: 15Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! 16Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. 17Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. 18Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. 19Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. 20He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. 21Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me sentado con mi Padre en su trono. 22El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias" (Ap. 3:14-22).

El juicio del pueblo
Laodicea estaba ubicada al sur de Frigia (Asia Menor), edificada alrededor del año 250 a. C. por Antioco II (261-246 a. de C.), rey sirio de la descendencia de Seleuco, llamada así en honor de su mujer, Laodios, quien más tarde se lo agradeció tanto que lo envenenó. Esa localidad era un centro comercial, profesional y financiero, y no es coincidencia que la ciudad fuese conocida por la manufactura de telas de lana negra. También en su entorno cultural era sede de una famosa escuela de medicina, y se especula que elaboraban un polvo que servía para curar los ojos. Algunos exégetas suponen que la iglesia en esa localidad fue fundada por Epafras, dado el contexto de Colosenses 4:12-13. Al ser ocupada por los romanos, llegó a ser sede del procónsul romano. Laodicea fue destruida totalmente en el año 1042, por Temur, el famoso guerrero asiático, quedando de ella sólo un montón de ruinas de los templos, los teatros y otros edificios.
Para muchas personas ha sido muy difícil, por no decir imposible, explicar la profecía del Señor en esta carta a Laodicea. Para la gran mayoría de los exégetas, Laodicea representa la caótica situación de la Iglesia en general, tal como lo observan en los tiempos contemporáneos; pero aunque encierra algo de eso, es más que eso. A la par con esas consideraciones, y para no confundir Sardis con Laodicea, se debe tener en cuenta que el Señor habla de encontrar en Su venida la condición de las iglesias de Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea; por lo tanto estas cuatro condiciones estarán presentes al regreso de Cristo. Así que, aunque Laodicea sí refleja la condición degradada de la cristiandad contemporánea, sin embargo, puesto que Sardis y Laodicea son diferentes, Dios quiere revelarnos algo más. Laodicea no es lo mismo que Sardis. Laodicea es la degradación de Filadelfia. Así como Sardis (el protestantismo) sale de Tiatira (catolicismo romano), y Filadelfia (los hermanos) de Sardis, así también Laodicea (los legos) se desprende de Filadelfia, nace de ella, por las razones que iremos esbozando a continuación. Laodicea no debe confundirse. Como el resto de las localidades, Laodicea también tiene un nombre simbólico. Etimológicamente la palabra Laodicea sale de la combinación de dos palabras griegas: "Laos", que significa pueblo, gente, laico, lego, y "dikecis", que significa opinión, costumbre, juicio; de donde se tiene que Laodicea quiere decir, la opinión o costumbre del pueblo o laicado. Otros han dicho que significa el juicio de las naciones, derecho de las gentes. En Tiatira y Sardis se puede hablar de hierocracia, en Filadelfia de teocracia y en Laodicea de democracia. (Hierocracia, gobierno de sacerdotes; teocracia, gobierno de Dios; democracia, gobierno de las gentes).

Esta carta simboliza la etapa histórica de la iglesia desde la última parte del siglo diecinueve hasta el regreso del Señor y es caracterizada por la degradación que empezaron a experimentar los hermanos en la condición de Filadelfia en su vida y expresión de iglesia. Las asambleas de los Hermanos empezaron a degradarse menos de un siglo después de iniciar el Señor la restauración de la Iglesia en los albores del siglo XIX. Entonces la condición de Laodicea es la parte de la iglesia restaurada que se degradó después, pero que difiere de la iglesia reformada, por lo que no se debe confundir a Laodicea con Sardis. La iglesia degradada seguirá existiendo hasta el eventual regreso del Señor. Quien no se mantenga firme y fiel en la condición de Filadelfia, guardando la palabra de Dios y el nombre del Señor, cambia, se degrada y pasa a ser parte de Laodicea.

Filadelfia degradada
"14Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto".
A Filadelfia el Señor no le recrimina nada en absoluto, al contrario, tiene frases de elogio para ella, pero toda la carta a Laodicea se puede tomar como una advertencia a los hermanos filadelfos. En esta carta todo son reproches. Es una forma caída de Filadelfia, porque en Filadelfia se manifiesta la vida de Dios uniendo a los hermanos en amor ágape, pero si Filadelfia falla y no se mantiene firme en su posición, entonces ocurre un dramático cambio, pero no para regresar a Sardis, sino que al decaer se convierte en Laodicea; es decir, que los que caen de Filadelfia engendran a Laodicea. Si se ha perdido el amor entre los hermanos, lo que sigue es que cada cual quiere que se imponga su opinión; entonces se empieza a usar otro lenguaje, no el del amor fraternal vivo sino el de los derechos muertos de las personas. Cuando es el amor de Dios el que prevalece en la iglesia, queda excluido y sobrando todo lo que se relaciona con las opiniones y reclamos de las personas.
Roma engendra al protestantismo, éste engendra a la iglesia restaurada, los hermanos, y de los hermanos (adelfos) se constituyen los legos (laos), sin que ninguna de estas posiciones de la Iglesia desaparezca hasta la venida del Señor. Filadelfia tuvo su afianzamiento a comienzo del siglo XIX con las asambleas de los Hermanos en Inglaterra, y su testimonio del Señor era muy brillante, llenos de amor por el Señor; pero cincuenta años después en muchas de las así llamadas asambleas de los Hermanos, ese amor comenzó a degradarse; todo ese testimonio, esa vida y esa luz continuó perdiendo su brillo en el orgullo y la egolatría. El orgullo y la egolatría son desbastadores en la Iglesia. Hoy existen las asambleas de los Hermanos en muchos países, pero en la mayoría de ellas no está Filadelfia. Esa es la consecuencia de la degradación de la Iglesia.
Sería un error reducir Laodicea al protestantismo, no; recuérdese que el protestantismo es Sardis. Dentro de los planes del Señor para restaurar a Su Iglesia, promueve a Sardis como un avance de Tiatira; luego se ejecuta otro avance con Filadelfia, pero con Laodicea ocurre un retroceso. En cuanto a la autoridad, es innegable que en Tiatira se caracteriza por el absolutismo cesaropapista, en Sardis se sustituye la legitimidad espiritual por las meras formas sacramentalistas y tradicionales, pues el Señor le dice que tiene nombre de que vive y está muerto; Filadelfia, por su parte, se aferra al Señor mismo, a Su Palabra y a la comunión legítima del Cuerpo de Cristo. Pero Laodicea, en cambio, se desliza a los intereses personalistas y a las decisiones meramente democráticas, pero sin teocracia.
A cada una de las iglesias el Señor se le presenta con unas credenciales diferentes de acuerdo con las características de cada una, haciendo referencia a lo que Él es y a lo que Él hace. Haciendo una recapitulación de las mismas, tenemos que a Efeso, que había dejado apagar el calor del primer amor, se le presenta el Señor como el que tiene las siete estrellas en Su diestra. A Esmirna, a fin de animarla a ser fiel en medio de la persecución, el Señor se le presenta como el vencedor de la muerte. A Pérgamo, que se casa con el mundo, que toleraba la idolatría, la herejía y la inmoralidad, el Señor se le presenta como el que tiene la espada aguda de dos filos, para cortar esa unión y toda esa maldad. A Tiatira, que permitía las enseñanzas de Jezabel y de las profundidades de Satanás, se le presenta como el Hijo de Dios que tiene Sus ojos como llama de fuego, para llevarla a juicio. A Sardis, que tiene nombre de que vive pero que está muerta, se le presenta como el que tiene los siete espíritus de Dios, para darle vida a los muertos. A Filadelfia, delante de la cual ha puesto una puerta abierta, se le presenta como el que tiene la llave de David; y a Laodicea, la iglesia tibia, la que se ufana de que es rica y que no necesita de nada más, se le presenta como el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, en quien la iglesia encuentra todos los tesoros de la fe, de la gracia y de la vida espiritual.
Aquí el Señor es el Amén, el firme, el fiel, el veraz. ¿Por qué? Porque, aun sin que se mencionen herejías ni inmoralidades, había un culto a la personalidad, un orgullo farisaico y engreimiento espiritual enlazado con marcado materialismo, indiferencia, confianza en su justicia personal, y cosas así, que provoca las náuseas del Señor, en una época cuando las mismas iglesias no parecen contar para nada con el Señor. Vivimos en una época en que para muchos creyentes, la prosperidad económica y el disfrute de muchas comodidades materiales, es sinónimo de bendición de Dios. Da la impresión de que la iglesia de Laodicea dudara de las promesas divinas y fuese enfriándose. Pero, ¿qué dice la Palabra de Dios?
"19Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo, no ha sido Sí y No; mas ha sido Sí en él; 20porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios" (2 Co. 1:19,20).
Amén significa firme, inamovible o confiable. Todo eso es el Señor, y así se presenta a una iglesia que no se mantuvo firme en Él, sino que se degradó. Es grave que después de haber tenido luz, rechazarla. Cuando el Señor le dice que Él es el testigo fiel y verdadero, indica que la iglesia en la condición de Laodicea no es confiable, sino titubeante, inestable, no se mantiene firme; el Señor no puede esperar de ella que mantenga el testimonio del Señor fiel y verdadero. Con las palabras el principio de la creación de Dios, el Señor da a entender que Él es el origen de toda la creación, fuente y principio inmutable de las revelaciones divinas, de la salvación, de la obra de Dios, de la edificación de la Iglesia, por lo tanto sin Cristo esa obra deja de ser de Dios. Eso nos indica que Laodicea ha abandonado la correcta y verdadera línea de Dios, la que ha tenido desde el principio. Puede parecernos difícil diferenciar externamente a Filadelfia de Laodicea; porque en realidad Laodicea es una Filadelfia orgullosa, altiva, sin amor, jactanciosa de riquezas, en una palabra, degradada espiritualmente. No podemos jactarnos de nada porque cualquier cosa que tengamos, sea en el orden material o espiritual, todo lo hemos recibido. Y si aun tenemos algo en la carne, no nos debemos jactar, porque todo lo que engendra la carne es estorbo delante de Dios y de Sus propósitos.

La iglesia tibia
"15Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! 16Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca".
Al que tenga la frialdad de la muerte, Dios quiere darle vida, pero al tibio, el Señor prefiere vomitarlo de su boca, lo cual implica ser rechazado por Él. Los alimentos tibios no son agradables, y se puede ser o un pecador sincero o un cristiano hipócrita. ¿Qué es más agradable? La tibieza significa que no hay una decisión entre el Señor y el mundo. El tibio es un abanderado de la justicia propia. Recuérdese que quien nos justifica es Dios. La justicia propia y el legalismo van de la mano. Si se descuida el fervor de la vida espiritual abundante, las obras tienen el sello de la apariencia exterior y del orgullo, en una apariencia de no estar en el mundo, pero mirando siempre al mundo, y eso no agrada al Señor. Si se cae en el terreno de la religiosidad, téngase en cuenta que esto es un engaño de Satanás. La religiosidad se alimenta de la tibieza y del legalismo. Nadie puede contar con un amigo tibio en sus afectos. Dice Olabarrieta:
"Efectivamente la característica dominante de la fe hoy en el mundo es su tibieza. No están contra la Biblia, ni contra Cristo ni sus apóstoles, ni contra el mundo, ni contra los criminales, ni contra la madre superiora, hay que ir del brazo con todos: Incluso la creencia es de que existe un Dios bueno misericordioso que salvará a todo el mundo, puesto que todas las religiones son buenas y todos los caminos marcados por ellas sirven. ¡Lo que es vergonzosamente un insulto a la justicia de Dios y al único camino de la Salvación por la gracia, fundamentada exclusivamente en la muerte de Jesús, el Hijo de Dios, único sustituto válido para rescatarnos en la justicia perfecta de Dios!" (Santos Olabarrieta.op. cit., pág. 38).

La desventura de la jactancia
"17Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo".
A Laodicea la había enceguecido la autosuficiencia, engendrada por el orgullo espiritual. Porque Filadelfia es rica, pero no se jacta, y al jactarse se convierte en Laodicea. ¿De qué se jacta Laodicea? De ser rica en el vano conocimiento doctrinal, preferencialmente; no necesariamente de riquezas materiales, aunque también en estos tiempos finales muchos se jactan de la prosperidad meramente material. Los que no necesitan nada espiritualmente, seguro que están tibios, próximos a morir. Pero el Señor le dice que no se jacte de saber doctrina, que es ignorante de su verdadera situación espiritual, no mirando las cosas con la auténtica visión sino desde un punto de vista equivocado. El desventurado es un desgraciado, porque puede sentirse muy dichoso con la actual situación, pero Dios lo ve desventurado desde el punto de vista de la eternidad. A Laodicea le falta sinceridad con el Señor. El rico se sentía muy feliz con sus cotidianos banquetes, pero por dentro la realidad era otra; interiormente Dios le veía al rico peores llagas que las que sufría Lázaro físicamente en su cuerpo3. El Señor mira lo miserable que somos, o dignos de misericordia, aunque pretendamos aparentar otra cosa, porque el desamparo y la malicia del corazón no se pueden esconder de Dios. Las asambleas profesantes se consideran a sí mismas ricas de muchas cosas, pero la realidad, como la ve Dios, es que están pobres de Cristo.
En esas condiciones, el Señor califica a la iglesia en Laodicea como pobre, hundida en la oscuridad. Es verdad que hay organizaciones religiosas que se jactan de poseer espléndidos templos e instalaciones, apoteósicos rituales, alta cultura y tradiciones cristianas, cuantiosos recursos materiales, gran prestigio ante los ojos del mundo, una extraordinaria organización y jerarquía, y sentirse muy ricos, cosas que por lo demás al Señor no le interesan cuando no se han puesto en un nivel muy por debajo de los verdaderos y bíblicos propósitos de Dios y se hayan ajustado a Su economía4; pero aquí no sólo se refiere la Palabra a esa clase de riquezas. Porque debemos tener en cuenta que, por ejemplo, a veces parece que en el protestantismo hay mayor jactancia por las riquezas materiales, pero muy poco por las riquezas espirituales. Las riquezas de este mundo sobran en la obra de Dios. Lo verdaderamente importante es hacer la obra de Dios en amor, con los recursos que Dios nos da en Cristo, para la construcción de un templo que no es de este mundo, porque Dios no habita en templos hechos por manos humanas.
Laodicea dice que es rica, y en su degradación se jacta de esa riqueza, y se llena de orgullo; pero el Señor no valora como riqueza lo que Laodicea considera como tal; ella es pobre; el Señor le dice que es pobre. ¿Por qué el Señor le dice a Laodicea que es pobre? Porque experimentalmente desconoce las riquezas de Cristo. Ahora necesita comprar oro refinado para enriquecerse, porque está lejos de la realidad espiritual de la eterna economía del Señor. Se puede tener mucho oro y plata, pero carecerse de los tesoros derivados de la Cabeza de la Iglesia, Jesucristo. Estando en la condición de Filadelfia no aprendieron a ser humildes delante del Señor, y cayeron en el orgullo de Laodicea. De la condición de Filadelfia a Laodicea hay tan sólo un paso. Si verdaderamente eres rico en las riquezas celestiales, ni siquiera te das por enterado; todavía sigue habiendo sed en tu corazón por las cosas de Dios. "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba" (Jn. 7:37b). Es peligroso sentirnos ya satisfechos, ya sin la necesaria sed por las cosas de Dios, para que el Señor no nos vea como unos miserables y orgullosos. Hubo observadores que estimaron que muchos de los hermanos en China eran culpables de orgullo espiritual. Incluso se dieron casos de grupos que se separaron de las iglesias para formar cuerpos "purificados" y excluyentes.
Como lo hemos comentado en el capítulo anterior, en un amplio sector de Filadelfia, aún en los albores, muchos hermanos se inclinaron por la exclusividad y comenzaron a estrecharse, a cerrarse, asunto que se había iniciado con Darby, Kelly, Raven, Grant y otros pioneros. En 1876 surgió un movimiento similar llamado Verdad Necesitada, el cual, con el hipotético respaldo de varios pasajes de las Escrituras, hacía una curiosa clasificación del pueblo de Dios y su recepción, pues hacían una diferenciación en la iglesia, por un lado, definiéndola como el cuerpo de Cristo, compuesta de todos los creyentes, y por otro lado la Iglesia de Dios, a la cual relacionaban con la comunión (Hechos 2:42), con la casa de Dios, con la asamblea del Dios viviente, la cual, según ellos, estaba constituida solamente por los creyentes ubicados en la confederación de la Verdad Necesitada. Estos círculos cerrados constituyen de por sí barreras para la unidad y la libertad de Espíritu.
Además, el Señor le dice a Laodicea que está ciega, pero esta ceguera es peor que otras porque es una iglesia que no quiere ver su propia condición, y habiendo perdido la percepción espiritual, es incapaz de ver lo que es realmente de Dios. La tragedia de Laodicea no sólo es que no tenga la visión, sino que piensa tenerla cuando realmente no la tiene, y lo peor es que se jacta de que aún la tiene. Si tú le dices que está ciega, te tildan de estúpido. Laodicea continúa aferrada a su entorno religioso, pero ha descendido de los lugares celestiales, porque el orgullo no eleva sino que abate, hace caer; es por eso que el Señor, a los vencedores de Laodicea les promete que se sentarán con Él en Su trono. Qué triste es haber llegado a tener la visión y perderla y quedar ciegos; lo importante es poder decir: Antes era ciego y ahora veo. No importa que me expulsen de mi círculo religioso. Ahora tengo la visión de Dios en Cristo. Pero la visión requiere de un sacrificio; mas eso es para los vencedores. Quien no ve, está imposibilitado para trabajar en la edificación de la casa de Dios. La visión no se estanca, es viva y continua, progresiva y renovada; es el trabajo del Señor en ti y contigo.
Aquí el Señor no se está refiriendo a los "ministros" cegados por la perspectiva de ganancia y provecho material en el campo religioso, ni a los predicadores asalariados seguidores del camino de Balaam, quien no habiendo escuchado la voz de Dios, tampoco entendió la visión, no obstante que el Señor le abrió los ojos cuando un poco antes se los había abierto a su asna. Predicadores de este tipo no miran la gloria de Dios sino sus propias consideraciones y de qué manera son afectados sus propios intereses, comodidad y prestigio. Tampoco se está refiriendo el Señor aquí a la ceguera producida por el celo religioso, de ser fiel a lo establecido por el hombre y no según Dios; ese celo es desorientador y crea un velo que nos impide ver la auténtica visión de Dios en Su Espíritu y en Su Palabra. Tú tienes la Palabra de Dios frente a tus ojos, la estás leyendo y no ves lo que Dios te está diciendo. Si tus ojos espirituales están cegados, no podrás ser usado para abrir los ojos a otros, para que se conviertan de las tinieblas a la luz de Dios. Sólo en Cristo hay luz, porque Él es la luz; en tus propias consideraciones hay ceguera.
Por último, el Señor le dice a Laodicea que está desnuda. Esta iglesia degradada se enorgullece de estar muy bien vestida, pero es una falsa e hipócrita vestidura farisaica. Al no vivir por Cristo, su ceguera le impide ver que está desnuda. A nuestros primeros padres no les sirvieron las vestiduras que ellos mismos se habían proporcionado; el Señor los veía desnudos, y Él mismo se encargó de cubrirlos. Ya hemos dicho que la segunda vestidura en nuestro diario andar es que llevemos nuestra propia vida a la cruz, a la muerte, y vivamos a Cristo como nuestra justicia subjetiva. "Las acciones justas de los santos" (Ap. 19:8b) son las que se realizan en nuestro andar en Cristo, porque Él es nuestra justicia. El vestido para cubrir la desnudez es la verdadera justicia. No todos los hermanos participarán de las bodas del Cordero, sino sólo aquellos vencedores con esa vestidura que refleje la clase de vida que vivieron en este cuerpo, sus obras justas.

Oro refinado en fuego
"18Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas".
La compra de este oro refinado no es una cosa fácil, pues para comprar se requiere pagar un precio, y, además, no se trata del oro corriente; este oro refinado se refiere en primer lugar a la naturaleza misma de Dios, tipificada en el arca del tabernáculo, la cual fue cubierta de oro puro por dentro y por fuera5, y al Padre solamente se puede tener entrando al Lugar Santísimo por medio de Cristo6, en la comunión íntima con Cristo, con Su cruz, con Sus sufrimientos, con Su humildad y sencillez, pagar el precio en pruebas de fuego, integrados en la construcción de Su obra, de la Nueva Jerusalén, y así experimentar las riquezas de Cristo. Cuando las vírgenes insensatas fueron resucitadas, ya no tuvieron la oportunidad de pagar el precio; el tiempo había pasado. En ese tiempo sólo se podrá pagar el precio en las tinieblas de afuera. También el oro refinado se compara con la fe, por medio de la cual participamos de la naturaleza de Dios. A la iglesia degradada no le basta el conocimiento y la doctrina de Cristo, ni de la Biblia, ni de las diferentes corrientes teológicas; es necesario que pague un precio por el oro, por las vestiduras blancas y por el colirio. Es fácil saber cómo aprender, pero es difícil saber cómo comprar. Muchas veces se reciben grados por culminar estudios de conocimientos, pero sin experimentar la cruz.
Sólo por la fe participamos de la naturaleza divina, ambas tipificadas por el oro. En su primera carta, Pedro dice: "Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo" (1 Pe. 1:7). Luego en su segunda epístola sigue diciendo:
"1Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra. 4Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; 5vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud conocimiento; 6al conocimiento, dominio propio; al dominio propio paciencia; a la paciencia, piedad; 7a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor" (2 Pe. 1:1,4-7).
Aquí vemos que no es suficiente la riqueza en la doctrina. La iglesia dejó el amor fraternal, se degradó por el orgullo del conocimiento doctrinal, pero sin fe esto es inútil para participar de la naturaleza divina de Cristo. No se trata de que estés rico en conocimientos, ni de que actúes solamente con base en esas riquezas, "porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor" (Gá. 5:6). El precio que hay que pagar puede incluir el desprenderse de las cosas más amadas por nosotros, incluso nuestras propias vidas. Medita en las palabras de Pablo en Filipenses 3:8. De acuerdo con el contexto, todo lo que Pablo había considerado muy valioso para él, al final, para ganar la excelencia del Señor en su vida, todo eso lo llegó a considerar comida de perro. Pagando con todo lo que tenemos, aun así el precio es muy bajo comparado con el precioso tesoro del Señor.
El Señor le recomienda asimismo comprar de Él vestiduras blancas para cubrirse, y esto tiene que ver con la conducta o las obras aprobadas por el Señor, cuando el Señor mismo vive en la Iglesia. Cuando tú eres hijo de Dios por la fe en Cristo Jesús, eres revestido de Cristo, pero es necesario que esa fe y ese revestimiento se traduzcan en tu conducta, la vida misma de Cristo en ti, que se realicen las buenas obras preparadas de antemano por Dios (cfr. Gálatas 3:26,27; Efesios 2:10), que realices las obras con un motivo puro. La misma experiencia te enseñará que cuando creíste fuiste revestido de Cristo, Su justicia te cubrió objetivamente; pero en tu andar con Él de pronto sientes que estás desnudo, que Cristo no es aún una vivencia subjetiva en ti; entonces necesitas cubrirte de otro tipo de vestiduras, por medio de las cuales tu puedas experimentar a Cristo, expresarlo por medio de tu ser, y para eso debes pagar un precio.
También recomienda a la iglesia degradada que unja sus ojos con colirio para que vea, pero solamente el Espíritu Santo puede ungir; entonces este colirio es la revelación del Espíritu Santo, para que la iglesia no se base sólo en los conocimientos doctrinales. Muchos de estos conocimientos impiden percibir la adecuada y necesaria revelación del Espíritu de Dios, y la iglesia entra en una etapa de ceguera. "20Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. 27Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él" (1 Juan 2:20,27). El colirio es el Espíritu de la unción. El elemento sobrenatural de la vida cristiana es tener visión espiritual; perderla significa ceguera, incertidumbre, derrota. La vida del creyente no depende de las prescripciones y los legalismos de su sistema religioso. La vida espiritual normal es siempre, debe ser siempre, sobrenatural; pero es cuando el creyente ha recibido visión espiritual. Si no hay visión espiritual, o si se perdió esa visión, no hay sobrenaturalidad, sólo hay religiosidad. Si el creyente llega a recibir visión sobrenatural y después la pierde, llega a la condición de Laodicea. Por ejemplo, una persona puede ser muy celosa de sus tradiciones religiosas, pero ese "celo" por las cosas de Dios lo mantiene sumido en la ceguera. Sólo cuando Dios le ilumina espiritualmente, es como puede enterarse de su propia ceguera. Es el caso de Saulo de Tarso. Era tanta su ceguera y su celo por su religión judía y sus instituciones ancestrales, que había creído su deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret.8 El creyente con visión espiritual vive en lugares celestiales, que es la esfera sobrenatural de la Iglesia con Cristo, y el que pierde ese rasgo sobrenatural, desciende a la tierra, a lo puramente religioso, y en su ceguera entierra su talento.
Al Señor no le agrada que se le trate de alabar o servir llevados por las exigencias legalistas de los religiosos. Las "misas" pierden todo significado cuando hay visión espiritual. Todo comienza cuando el Padre revela a Su Hijo en ti, y eso sucede cuando el Padre abre tus ojos espirituales para que veas la gloria del Señor, y en tu legítimo andar con Cristo sean inútiles todas las fabricadas "leyes" cristianas, encaminadas hacia un aparente y artificial andar piadoso, externo, vacío y hasta hipócrita, porque las apariencias suelen ser engañosas. Debemos pedirle al Señor que Él nos revele. Al respecto hay tres citas bíblicas, entre otras, que me llaman mucho la atención. Leemos en Efesios 1:17-18:
"17Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a la que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos".
¿A qué nos ha llamado el Señor? A ser conformados a la imagen misma de Su Hijo. Romanos 8:29 dice: "Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos". No podemos ser conformados a la imagen del Hijo de Dios sin antes conocerlo, sin tener una visión completa de Él. Necesitamos que el Padre nos dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él; que haya visión en nuestros ojos espirituales.
También leemos 2 Corintios 3:18: "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados9 de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor". Es necesario que se realice en nosotros una metamorfosis, hasta que el Señor Jesús se reproduzca en nuestro interior por Su Espíritu, en Su carácter, Su personalidad, Su perfecta humanidad, hasta que Él pueda manifestarse a través nuestro.

El Señor castiga a los que ama
"19Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete".
El señor dice aquí que también ama a Laodicea, porque aunque tibios, ahí hay hijos de Dios; y es por eso que la reprende y la corrige, requiriéndola para que en vez de tibia sea celosa, ferviente, que no siga ufanándose de su muerto y vano conocimiento, que pague el precio del arrepentimiento de su tibieza, comprando el oro de la fe probada en fuego, la que obtiene la plena aplicación de la gracia de Cristo, para que vuelva a disfrutar de la realidad del Señor con su vestidura blanca y el colirio de la unción espiritual. ¿Es esto un precio barato? Las pruebas de fuego son un precio alto sobre todo cuando nuestro corazón está lleno de soberbia. La disciplina del Señor mientras vivimos en esta tierra puede ser en que nos sobreviene enfermedad, debilitamiento, tribulaciones y hasta la misma muerte prematura. "30Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. 31Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; 32mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo" (1 Co.11). El Señor siempre ejerce la disciplina por amor, pero a menudo el arrogante y orgulloso no está dispuesto a recibir la reprensión del Señor. El arrepentimiento no es una comedia superficial con lo que muchos se engañan y tratan de engañar a los demás. Es una realidad en la que, en un confesionario católico romano, a menudo, ambos protagonistas, tanto el sacerdote como el penitente, saben que allí puede haber de todo menos arrepentimiento. Los que en realidad se arrepienten en ese sistema, son tildados de locos y maniáticos. Cuando una persona se arrepiente, cambia de vida, y debe tomar su cruz cada día para poder seguir al Señor. No solamente debe arrepentirse la persona a nivel individual, la iglesia corporativamente también debe arrepentirse. El Señor da cierto tiempo para que nos arrepintamos, como en el caso de Jezabel de Tiatira "21Y le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación". ¿Qué sucede entonces? "22He aquí, yo la arrojo en cama, y en gran tribulación a los que con ella adulteran, si no se arrepienten de las obras de ella" (Ap. 3). La iglesia degradada no debe seguir orgullosa de su conocimiento muerto y vacío. Ver también Hebreos 12:3-11.

El Señor está a la puerta
"20He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo".
En este período de la Iglesia, ya la venida del Señor se acerca, está a la puerta; pero además Laodicea se ha degradado tanto que, su misma Cabeza, el Señor Jesús, al que aparentemente sirve, está a la puerta, por fuera de la iglesia, llamando al que quiera abrirle y escucharle, obedecerle. Él está llamando objetivamente a toda la iglesia, pero ya Él sabe que la iglesia en Laodicea hinchada en sus conocimientos y en su orgullo pero sin la presencia del Señor, no le va a abrir; entonces el llamamiento será aceptado subjetivamente por algunos creyentes, miembros individuales que quieren abrirle las puertas de su corazón e íntimamente cenar con el Señor, y en los cuales el Señor transforma las verdades objetivas en experiencias subjetivas. Una cosa es alimentarse de doctrinas muertas y mucho conocimiento, y otra es comer y alimentarse del Señor como el árbol de la vida en el jardín (Efeso), como el maná escondido y de la buena tierra. El creyente pasa por tres etapas: Egipto, el desierto y Canaán, y en cada etapa ha de comer cada vez algo más de Cristo: el Cordero, el maná y el fruto de la tierra. El comer contigo significa que el Señor quiere entablar una relación de especial amistad contigo, una relación de íntimo trato. A esta iglesia le promete cenar con el que le abriese la puerta, lo cual no se refiere simplemente a comer algo, sino que va más allá, a la participación amplia de las abundancias de un gran banquete. El Señor quiere comer con el que le obedezca. Aunque en Laodicea haya reproches, sin embargo, el Señor es tierno: "A los que yo quiero, los reprendo", y "¡Aquí me tienes! Estoy de pie a la puerta, llamando".
Nótese que llega la época en que Cristo queda excluido como Señor y Salvador de un sector de la Iglesia; por fuera de la puerta de Su propia Iglesia. El grueso de la iglesia degradada permanece en un estado de religiosidad sin Cristo, portando lámparas sin aceite, sus miembros son tibios, autosuficientes, engreídos de su posición, tratando de cubrir su desnudez y su vergüenza con el vestido de los que venden el aceite, haciendo sus propias obras, y no necesariamente las del Señor. En la iglesia no es el mundo el que está a la puerta, sino Cristo. Por dentro de la estructura eclesiástica, cuando Cristo está excluido, por mucha apariencia de normalidad que pueda haber, no hay convicción de pecado, sólo hay un ropaje de religiosidad y de tibieza. Cuando la estructura religiosa de Jerusalén le rechaza, el Señor no se queda en Jerusalén, sale del sistema religioso imperante y se va para Betania, la casa de aflicción, pero también la casa del banquete. Este versículo, sacándolo de su contexto, ha sido usado para evangelizar a los pecadores, pero aquí el Señor se lo está diciendo es a la Iglesia. Un incrédulo, muerto en sus delitos y pecados, no tiene la capacidad ni la luz suficiente para abrirle la puerta de su corazón a Cristo. Es Dios por medio de Su Santo Espíritu quien abre el corazón, los ojos y los oídos de las personas; es el Padre quien trae a la gente a Cristo. Leemos en Hechos 16:14:
"Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía".

Los vencedores de Laodicea
"21Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. 22El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias".
Analizando las promesas a los vencedores de las siete iglesias, esta es la máxima, la más noble y gloriosa de todas, sentarse con el Señor en Su trono. ¿Por qué precisamente a esta iglesia? En primer lugar tengamos en cuenta que la edad de la iglesia y de la gracia ya va a terminar, y todo vencedor está a la expectativa de la pronta venida del Señor, quien viene a sentarse en Su trono. El sentarse con el Señor en Su trono es el mejor de los premios prometidos, porque los que lo reciban han de participar de la autoridad del Señor, en su calidad de reyes, gobernando con Él sobre toda la tierra durante el reino milenial de Cristo. Aquí el que vence lo hace sobre la tibieza de la iglesia degradada, generada por el orgullo del conocimiento de mucha doctrina, pero sin el Señor. Aquí el vencedor es el que paga el precio para comprar el oro refinado en las pruebas de fuego, las vestiduras blancas de su andar en Cristo y el colirio de la unción y la luz del Espíritu Santo. El vencedor de Laodicea es aquel creyente que ante la estrepitosa caída de la iglesia desde la esfera celestial, no pierde su rasgo sobrenatural, porque no pierde la visión espiritual que el resto de la iglesia, en su ceguera, ha perdido. Como en Laodicea impera una especie de anarquía; cada quien quiere guiarse por su propia opinión; nadie se quiere sujetar a nadie y menos al Señor, por eso el Señor le ofrece al vencedor de toda esa situación, sentarse con Él en Su trono.
El vencedor es aquel creyente que vive una vida de resurrección. Si queremos vivir una vida de resurrección, es necesario que pasemos primero por un proceso de muerte de nuestra vieja naturaleza. Hay un velo que no nos deja ver esta vida de resurrección; hay un velo que impide que veamos la gloria que el Señor quiere que veamos; ese velo es la incredulidad, es la vida de nuestro propio yo. El terreno de la iglesia es el terreno de la resurrección, los lugares celestiales con Cristo, pero sólo un remanente de la Iglesia lo ha alcanzado. La gran masa no le quiere abrir la puerta al Señor.