sábado, 30 de diciembre de 2006

Apéndice/doc.3: Tercera parte del discurso de Strossmayer en Vaticano I

(Tercera parrte del DISCURSO PRONUNCIADO POR EL OBISPO STROOSSMAYER EN EL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO I del año 1870)

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Por la roca (petra) sobre la cual la santa iglesia está edificada, entendéis que es Pedro. Si esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada; mas nuestros antepasados, y ciertamente debieron saber algo, no suponían sobre esto como nosotros. San Cirilo, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: «Creo por la roca debéis entender la fe inmóvil de los apóstoles». San Hilario, obispo de Poitiers, en su segundo libro de la Trinidad, dice: «La roca (petra) es la bendita y sola roca de la fe confesada por la boca de san Pedro», y en su sexto libro sobre la Trinidad, dice: «Es sobre esta roca de la confesión de fe, que la iglesia está edificada». Dice san Jerónimo en su sexto libro sobre san Mateo: «Dios ha fundado su iglesia sobre esta roca y es de esta roca que el apóstol Pedro fue apellidado». De conformidad con él, san Crisóstomo dice en su Homilía 53 sobre san Mateo: «Sobre esta roca edificaré mi iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión». Ahora bien, ¿cuál fue la confesión del apóstol? Hela aquí: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente". Asombroso, el santo arzobispo de Milán, sobre el segundo capítulo de la epístola a los Efesios; san Basilio de Seleucia, y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan precisamente la misma cosa. Entre todos los doctores de la antigüedad cristiana, san Agustín ocupa uno de los primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues, lo que escribe sobre la primera epístola de san Juan: «¿Qué significan las palabras: "edificaré mi iglesia sobre esta roca"? Sobre esta fe, sobre eso que dices, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». En su tratado 124 sobre san Juan, encontramos esta muy significante frase: «Sobre esta roca, que tú has confesado, edificaré mi iglesia, puesto que Cristo mismo era la roca».

El gran obispo creía tan poco que la iglesia fuese edificada sobre san Pedro, que dijo a su grey en su sermón 13: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca (petra) que tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido, diciendo: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente", edificaré mi iglesia; sobre mí mismo, que soy el Hijo del Dios viviente. La edificaré sobre mí mismo, y no sobre ti». Lo que san Agustín enseña sobre este célebre pasaje, era la opinión de todo el mundo cristiano en sus días; por consiguiente, reasumo y establezco:

1o. Que Jesús dio a sus apóstoles el mismo poder que dio a Pedro.
2o. Que los apóstoles nunca reconocieron en san Pedro al vicario de Jesucristo y al infalible doctor de la iglesia.
3o. Que los concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta posición que el obispo de Roma ocupaba en la iglesia por motivo de Roma, tan sólo le otorgaron una preeminencia honoraria, nunca el poder y la jurisdicción.
4o. Que los santos padres en el famoso pasaje: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia", nunca entendieron que la iglesia está edificada sobre san Pedro, sino sobre la Roca, es decir, sobre la confesión de la fe del apóstol.

Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica, el buen sentido y la conciencia cristiana, que Jesucristo no dio supremacía a san Pedro, y que los obispos de Roma no se constituyeron soberanos de la iglesia, sino tan sólo confesando uno por uno los derechos del episcopado: (Voces: ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Insolente protestante! ¡Silencio!). ¡No soy un protestante insolente! La historia no es católica, ni anglicana, ni calvinista, ni luterana, ni arminiana, ni griega cismática, ni ultramontana. Es lo que es, es decir, algo más poderosa que todas las confesiones de la fe, que todos los cánones de los concilios ecuménicos. ¡Escribid contra ella si osáis hacerlo! Mas no podréis destruirla, como tampoco sacando un ladrillo del Coliseo podríais hacerlo derribar. Si he dicho algo que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia; y sin un momento de titubeo, haré la más honorable apología. Mas tened paciencia, y veréis que todavía no he dicho todo lo que quiero y puedo; y aún si la pira fúnebre me aguarda en la plaza de San Pedro, no callaría, porque me siento precisado a proseguir.

Monseñor Dupanlop, en sus célebres Observaciones sobre este Concilio Vaticano, ha dicho, y con razón, que si declaramos a Pio IX, infalible, debemos necesariamente y de la lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran también infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con autoridad asegurándonos que algunos papas erraron; podéis protestar contra esto o negarlo, si así os place; mas yo lo probaré. El papa Víctor (192) primero aprobó el montanismo*(1) y después lo condenó. Marcelino (296-303) era un idólatra. Entró en el templo de Vesta y ofreció incienso a la diosa. Diréis que fue acto de debilidad, pero contesto: un vicario de Jesucristo muere, mas no se hace apóstata. Liberio (382) consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión a arrianismo*(2) para lograr que se le revocase el destierro y se le restituyese su sede. Honorio (625) se adhirió al monotelismo; *(3) el padre Gatry lo ha probado hasta la evidencia.
*(1) Montanismo. Poco después de la mitad del segundo siglo (156-160 d.C.) tuvo lugar en Frigia un despertamiento espiritual. Montano proclamó la venida inminente de Jesucristo, diciendo que era señal de ello el derramamiento del Espíritu Santo que se originó en las iglesias que aceptaron su predicación. Montano creía que Dios lo había escogido para ser el profeta y preparar el advenimiento de Cristo, que según la profecía de Joel, citada por Pedro, precedería a la segunda venida del Señor. Profesaba estar en ciertas ocasiones bajo la absoluta influencia del Espíritu, de modo que podía en esas condiciones ser el instrumento para nuevas revelaciones a la iglesia. El Montanismo reafirmaba tres verdades que la iglesia, general, iba abandonando.

A) Que el poder del Espíritu de Dios es el poder activante en la iglesia, y que su obra podía hacerse no sólo por el así llamado clero, sino por todo creyente. Así enfatizaba la verdad del sacerdocio de todo creyente y la necesidad de que la obra de la iglesia fuese hecha por el poder del Espíritu.
B) Apoyaba fuertemente las prácticas ascéticas comunes en la iglesia e incluso insistía en que eran obligaciones sobre todo creyente. Los días de ayuno, por ejemplo, cuya observación era voluntaria para la mayor parte de la iglesia, eran considerados por ellos como obligatorios. Tenían alto concepto del celibato, aunque predicaban la santidad del matrimonio. Pero como creían que el matrimonio era una unión espiritual que no se disolvía con la muerte, decían que segundas nupcias era pecado. Enseñaban que el creyente no debía procurar evitar el martirio y que incluso debía buscarlo.
C) Reafirmaba la verdad sobre la venida del Señor. Según el testimonio de sus enemigos, había ciertas ideas extrañas mezcladas con su enseñanza en este punto.
Mayormente, los montanistas no se separaban de la Iglesia Católica, sino que formaban dentro de la iglesia un grupo de los "espirituales", con el tiempo fueron obligados a salir. Desafortunadamente el montanismo, en vez de mostrarse un testimonio en favor de las verdades que enfatizaba, desprestigió esas mismas verdades por las extravagancias fanáticas con que las acompañaba. Sin embargo, la iglesia católica adoptó uno de los peores errores del montanismo: la idea de que era posible agregar algo a la revelación dada por Dios. Rechazaba, es cierto, toda agregación por profetas individuales, pero manteniendo que el Espíritu daba especial inspiración a la sucesión apostólica de obispos, y aprobando en la práctica continuada, supuestas agregaciones a la revelación por las decisiones de concilios de obispos.
*(2) Arrianismo. Arrio fue presbítero de Alejandría, iniciador de la herejía que lleva si nombre. Nació en el norte de África en la segunda mitad del siglo III. Cuando formaba parte del presbiterio alejandrino comenzó a difundir una doctrina según la cual Jesucristo, el Hijo de Dios, era una criatura, las más perfecta, pero no Dios eterno que existía con el Padre y el Espíritu Santo desde la eternidad, tal como habían enseñado los apóstoles, particularmente san Juan. Desautorizado por un sínodo de cien obispos convocados por Alejandro de Alejandría, pasó a Palestina y recibió el apoyo de su antiguo compañero de estudio, Eusebio de Nicomedia y del historiador Eusebio de Cesárea. En 325 fue condenado por el Concilio de Nicea y desterrado por el emperador Constantino. Gracias a Eusebio de Nicomedia fue perdonado y murió cuando se disponía a entrar en Constantinopla. Solamente quedan de él dos cartas dirigidas a Eusebio de Nicomedia y a Alejandro de Alejandría, y luego fragmentos de su obra popular "Talía".
*(3) Monotelismo. Corriente que surgió en el siglo VII tratando de explicar que en las dos naturalezas de Cristo, la divina y la humana, obraba una sola voluntad.

Gregorio I (578-590) llama anticristo a cualquiera que se diese el nombre de obispo universal, y al contrario, Bonifacio III (607-608) persuadió al emperador parricida, Focas, a que le confiriera dicho título. Pascal II (1088-1099) y Eugenio III (1145-1153) autorizan los desafíos; mientras que Julio II (1199) y Pío IV (1560) los prohibieron. Eugenio IV (1431-1439) aprobó el Concilio de Basilea y la restitución del cáliz a la iglesia de Bohemia, y Pío II (1458) revocó la concesión. Adriano II (867-872) declaró válido el matrimonio civil, pero Pío VII (1800-1823) lo condenó. Sixto V (1585-1590) compró una edición de la Biblia y con una bula recomendó su lectura; mas Pío VII condenó su lectura. Clemente XIV (1700-1721) abolió la Compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo II y Pío VII la restableció.
Mas, ¿a qué buscar pruebas tan remotas? ¿no ha hecho otro tanto nuestro santo padre, que está aquí, en su bula, dando reglas para este mismo Concilio, en el caso de que muriese mientras se halla reunido, revocando cuanto a tiempos pasados fuese contrario a ello, aun cuando procediese en las decisiones de sus predecesores? Y ciertamente, si Pío IX ha hablado ex cáthedra, no es cuando desde lo profundo de su tumba impone su voluntad sobre los soberanos de la iglesia. Nunca concluiría, mis venerables hermanos, si se tratase de presentar a vuestra vista las contradicciones de los papas en sus enseñanzas; por lo tanto, si proclamáis la infalibilidad del papa actual, tendréis que probar o, bien, que los papas nunca se contradijeron, lo que es imposible, o bien, tendréis que declarar que el Espíritu Santo os ha revelado que la infalibilidad del papado es tan sólo de fecha 1870. ¿Sois bastante atrevidos para hacer esto? Quizás los pueblos estén indiferentes y dejen pasar cuestiones teológicas que no entienden, y cuya importancia no ven; pero aun cuando sean indiferentes a los principios, no lo son en cuanto a los hechos.

Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infalibilidad papal, los protestantes, nuestros adversarios, montarán la brecha con tanta bravura cuanto que tienen la historia de su lado; mientras que nosotros sólo tendremos nuestra negación de oponerles. ¿Qué les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma, desde los días de Lucas hasta su santidad Pío IX ¡ay!? Si todos hubiesen sido como Pío IX triunfaríamos en toda la línea; mas ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de: ¡Silencio, silencio! ¡Basta, basta!) No gritéis, monseñores. Temer la historia es confesaros derrotados; y, además, aun si pudierais hacer correr toda el agua del Tíber sobre ella, no podríais borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan breve como sea posible en este importantísimo asunto. El papa Virgilio (538) compró el papado a Belisario, teniente del emperador Justiniano. Es verdad que rompió su promesa y nunca pagó por ello. ¿Es esta una manera canónica de ceñirse la tiara? El segundo Concilio de Calcedonia lo condenó formalmente. en uno de sus cánones se lee: «El obispo que obtenga su episcopado por dinero, lo perderá y será degradado». El papa Eugenio II (1145) limitó a Virgilio. San Bernardo, la estrella brillante de su tiempo, reprendió al papa, diciéndole: «¿Podrías enseñarme en esta gran ciudad de Roma alguno que os hubiera recibido por papa sin haber primero recibido oro y plata por ello?»
Mis venerables hermanos, ¿estará el papa que establece un banco a las puertas del templo, inspirado por el Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho alguno de enseñar a la iglesia la infalibilidad? Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada. Esteban VI hizo exhumar su cuerpo vestido con ropas pontificales; hizo cortarle los dedos con que acostumbraba dar la bendición y después lo hizo arrojar al Tíber, declarando que era un perjuro ilegítimo. Entonces el pueblo aprisionó a Esteban, lo envenenó y lo agarrotó. Mas, ved cómo las cosas se arreglaron. Romano, sucesor de Esteban, y tras él Juan X, rehabilitaron la memoria de Formoso. Quizás me diréis, esas son fábulas, no historia. ¡Fábulas! Id, monseñores, a la biblioteca del Vaticano y leed a Platina, el historiador del papado y los Anales de Baronio (897). Estos son hechos, que por honor de la Santa Sede, desearíamos ignorar; mas cuando se trata de definir un dogma que podrá provocar un gran cisma en medio de nosotros, el amor que abrigamos hacia nuestra venerable madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, ¿debería imponernos el silencio? Prosigo, el erudito cardenal Baronio, hablando de la corte papal dice: Poned atención, mis venerables hermanos, a estas palabras: «¿Qué parecía la Iglesia Romana en aquellos tiempos? ¡Qué infamia! Sólo las poderosísimas cortesanas gobernaban a Roma. Eran ellas las que daban, cambiaban y se tomaban obispados; y, ¡horrible es relatarlo!, hacían a sus amantes, los falsos papas, subir al trono de san Pedro». (Baronio 912). Me contestaréis: esos eran papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, mas en este caso, si por cincuenta años la sede de Roma se hallaba ocupada por antipapas, ¿cómo podréis unir el hilo de la sucesión papal? ¡Pues qué! ¿Ha podido la iglesia existir, al menos por el término de un siglo y medio sin cabeza, hallándose acéfala? ¡Notad bien! La mayor parte de esos antipapas se ven en el árbol genealógico del papado; y seguramente deben ser los que describe Baronio; ¿por qué aun Genebrardo, el gran adulador de los papas, se atrevió a decir en sus crónicas (901)?

«Este centenario ha sido desgraciado, puesto que por cerca de ciento cincuenta años los papas han caído de las virtudes de sus predecesores y se han hecho apóstatas más bien que apóstoles».

Bien comprendo por qué el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de estos obispos romanos. Hablando de Juan IX (931), hijo natural del papa Sergio y de Marozia, escribió estas palabras en sus Anales: «La Santa Iglesia, es decir, la Romana, ha sido vilmente atropellada por un monstruo». Juan XII (956) elegido papa a la edad de 18 años mediante las influencias de las cortesanas, no fue en nada mejor que su predecesor.
Me desagrada, mis venerables, tener que mover tanta suciedad. Me callo tocante a Alejandro VI, padre y amante de Lucrecia Borgia; doy la espalda a Juan XXII (1219), que negó la inmortalidad del alma y que fue depuesto por el santo concilio ecuménico de Constanza. Algunos alegarán que este Concilio fue sólo privado. Séalo así; pero si le negáis toda clase de autoridad, deberéis deducir, consecuencia lógica, que el nombramiento de Martín V (1417) era ilegal. Entonces, ¿dónde va a parar la sucesión papal? ¿podréis hallar su hilo? No hablo de los cismas que han deshonrado a la Iglesia. En estos desgraciados tiempos la Sede de Roma se halla ocupada por dos y hasta por tres competidores. ¿Quién de éstos era el verdadero papa? Reasumiendo una vez más, vuelvo a decir que si decretáis la infalibilidad del actual obispo de Roma, deberíais establecer la infalibilidad de todos los anteriores, sin excluir a ninguno; mas ¿podréis hacer esto cuando la Historia está allí probando con claridad igual a la del sol mismo, que los papas han errado en sus enseñanzas? ¿Podréis hacerlo y sostener que papas avaros, incestuosos, demoníacos, han sido vicarios de Jesucristo? ¡Ay, venerables hermanos! Mantener tal enormidad sería hacer traición a Cristo peor que Judas; sería echarle suciedad en la cara. (Gritos: ¡Abajo del púlpito! ¡Pronto! ¡Cerrad la boca del hereje!).
Mis venerables hermanos, estáis gritando. ¿Pero no sería más digno pesar mis razones y mis palabras en la balanza del santuario? Creedme, la Historia no puede hacerse de nuevo, allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente contra el dogma de la infalibilidad papal. Podréis declararla unánime. ¡Pero faltaría un voto, y ese será el mío! Los verdaderos fieles, monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de nosotros algún remedio para los innumerables males que deshonran la Iglesia. ¿Desmentiréis esperanzas? ¿Cuál no será nuestra responsabilidad ante Dios, si dejáramos pasar esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadera fe? Abracémosla, mis hermanos; aunémosnos con un ánimo santo, hagamos un supremo y generoso esfuerzo; volvamos a la doctrina de los apóstoles, puesto que, fuera de ella, no hay más que horrores, tinieblas y tradiciones falsas. Aprovechémosnos de nuestra razón e inteligencia, tomando a los apóstoles y profetas por nuestros únicos maestros, en cuanto a la cuestión de las cuestiones. "¿Qué debo hacer para ser salvo?" Cuando gayamos decidido esto habremos puesto el fundamento en nuestro sistema dogmático, firme, inmóvil como la roca, constante e incorruptible de las divinamente inspiradas Escrituras. Llenos de confianza, iremos ante el mundo y, como el apóstol san Pedro, en presencia de los libre pensadores, no reconocemos "a nadie más que a Jesucristo, y éste crucificado". Conquistaremos mediante la predicación de la "locura de la cruz", así como san Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la iglesia romana tendrá su glorioso... (Gritos clamorosos: ¡Bájate! ¡Fuera con el protestante, el calvinista, el traidor de la iglesia!).

Vuestros gritos, monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi cabeza está serena. No soy de Lutero, ni de Calvino, ni de Pablo, ni de los apóstoles; pero sí de Cristo. (Renovados gritos: ¡Anatema al apóstata!). Anatema, monseñores, anatema. Bien sabéis que no estáis protestando contra mí, sino contra los santos apóstoles, bajo cuya protección desearía que este Concilio colocase a la iglesia.

¡Ah! Si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas, ¿hablarían de una manera diferente a la mía? ¿Qué les diríais, cuando con sus escritos os dicen que el papado se ha apartado del Evangelio de Dios que ellos predicaron y confirmaron tan generosamente con su sangre? ¿Os atreveríais a decirles: "Preferimos las doctrinas de nuestros papas, nuestro Belarmino, nuestro Ignacio de Loyola a la vuestra"? ¡No, mil veces no! A no ser que hayáis tapado vuestros oídos para no oír, cubierto vuestros ojos para no ver, embotado vuestra mente para no entender.

¡Ah! Si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano sobre nosotros, como hizo a Faraón; no necesita permitir a los soldados de Garibaldi que nos arrojen de la ciudad eterna; bastará con dejar que hagáis a Pío IX un dios, así como se ha hecho una diosa a la bienaventurada virgen. ¡Deteneos! ¡Deteneos! Venerables hermanos, en el odioso y ridículo precipicio en que os habéis colocado. Salvad a la iglesia del naufragio que la amenaza, buscando solamente en las Sagradas Escrituras la regla de fe que debemos creer y profesar. He dicho. ¡Dígnese Dios asistirme! (Hasta aquí el discurso de Strossmayer). *(10)
*(10) José Jorge Strossmayer nació en febrero 4 de 1815 en Croacia-Slavonia, y murió en 1905. Fue elegido obispo de Diavovár en 1849, con el título oficial de Obispo de Bosnia y Slavonia. Su vida fue dedicada al progreso de la vida nacional entre los croatas, él construyó un oalacio y catedral en Djakovo, y fundó un seminario para los croatas en Bosnia. Su discurso en el Concilio Vaticano de 1870, en que él defendió al Protestantismo, causó mucha controversia. Él fue uno de los oponentes contra la infalibilidad papal. Después del Concilio Vaticano de 1870, se mantuvo su oposición más tiempo que todos los demás obispos. Él tuvo amistad con Dollinger y Reinkens hasta octubre de 1871. Entonces él los notificó que iba a ceder al Vaticano ‘por lo menos, por fuera’. Después, proclamó su lealtad al papa, usando un lenguaje muy extravagante, en varias ocasiones. Fue ayudante de Agustín Theiner, quien tuvo el puesto sobre la Biblioteca del Vaticano en Roma en 1863. Él fue un alto funcionario al Santo Imperio Romano, y obispo al trono pontificial. En este libro insertamos este documento debido a la información histórica contenida en el mismo, y al valor, intrepidez y oportunidad con que fue expuesto en ese momento coyuntural.

BIBLIOGRAFÍA

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* Catolicismo Romano - Orígenes y desarrollo. José Grau. Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona. 1987.
* Compendio Manual de la Biblia. Henry H. Halley. Ed. Portavoz, 1955.
* Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Samuel Vila, Darío A. Santamaría. Editorial CLIE, 1979.
* Historia de la Iglesia Cristiana. Jesse Lyman Hurlbut, J. Roswell Flower, Miguel Narro. Editorial Vida, 1978.
* Historia del Cristianismo. Kenneth Scott Latourette, 2 tomos. Casa Bautista de Publicaciones, 1979.
* Historia de los Papas y de los Reyes. Mauricio de la Chàtre. CLIE. 1993
* Historia del Protestantismo. Ricardo Cerni. El Estandarte de la Verdad, Gran Bretaña, 1992.
* La Deidad de Cristo. Evis L. Carballosa. Editorial Portavoz. 1982.
* Las Dos Babilonias. Alexander Hislop. Ransom Press International. 1998.
* La Historia que no fue contada. La Iglesia del siglo XX. John Walker y otros. W. P. 1997.
* Meditaciones sobre la agonía de Jesús. Máximo Confesor. Editorial Ciudad Nueva. 1990.
* Nadie se atreve a llamarlo engaño. Clayton E. Sonmore. M.S.M. 1995.
* Tratados Espirituales. Máximo Confesor. Edit. Ciudad Nueva.1997.
* Una Historia Ilustrada del Cristianismo - La Era de los Gigantes. Tomo 2. Justo L. González. Editorial Caribe. 1978.
* Una Introducción a la Historia y Teología de la Reforma. Theo G. Donner. Seminario Bíblico de Medellín, 1987.
* Una mujer cabalga la bestia. Dave Hunt. Harvest House Publishers. 1994