sábado, 30 de diciembre de 2006

Cap. 5: CONCILIO DE CONSTANTINOPLA II

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SEGUNDO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA
(V Ecuménico)


El Segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla, considerado el Quinto Concilio Ecuménico, fue celebrado en el año 553, convocado por el emperador Justiniano I, para resolver la controversia monofisita. Sus sesiones se llevaron a cabo en Constantinopla, la Nueva Roma. Este concilio rechazó el punto de vista de los tres prominentes teólogos de Antioquía (y los famosos «tres capítulos») y de ese modo aprobó la interpretación que Cirilo había dado a las deliberaciones de Calcedonia.

Antecedentes
Veamos un apretado panorama de la situación político religiosa que se vivía en el Imperio Romano en su ala bizantina, en los años previos a la convocatoria del Segundo Concilio de Constantinopla. El emperador Justiniano I (gobernó entre 527-565), se interesó por la uniformidad religiosa del imperio y trabajó por una política eclesiástica fuertemente centralizada. Es interesante saber que este emperador cerró todas las escuelas de filosofía de Atenas, por considerarlas inconsistentes con el cristianismo; por mandato de él, tanto obispos como oficiales civiles debían perseguir las supersticiones paganas; decretó la pena de muerte para los maniqueos y para todos los herejes que después de haberse retractado, volviesen a sus antiguas creencias. Condenó por decreto a los nestorianos.

En su Código «Corpus Juris Civilis» (Cuerpo de leyes civiles), estableció con su autoridad al obispo romano, en ese momento Juan II, como Jefe de todo el cuerpo eclesiástico del Imperio. En su carta lo trata de «Su Santidad», y «por ser cabeza de todas las santas iglesias», aunque su posterior proceder respecto de la sede romana da a entender que Justiniano no entendía muy bien lo de la primacía romana, como el caso de llegar a deponer al papa Silverio (536-537) al cabo de un año, pretextando que durante el sitio de Roma por los godos, Silverio había favorecido a los sitiadores, (aunque en el fondo la verdadera razón era que el papa se había negado a reconocer un patriarca monofisita de Constantinopla), y en su lugar elevó a la sede romana a Vigilio, un diácono favorecido por la emperatriz Teodora, a la sazón simpatizante de los monofisitas. Pero lo curioso es que a la convocatoria del Segundo Concilio de Constantinopla, ante la negativa de Vigilio de asistir, Justiniano lo trajo a la fuerza a Bizancio, y ante las continuas protestas del papa, éste fue destituido por Justiniano y desterrado, ante lo cual Vigilio tuvo que ceder, y entonces fue cuando pudo volver a Roma, con la condición de que aceptara el concilio. Bajo su concepción de las cosas y en su confusión de las potestades civiles y eclesiásticas, en realidad Justiniano considera a Vigilio a manera de un dócil jefe del "Departamento de Religión" del Estado. ¿Por qué esto precisamente con la sede de Roma? Para tener influencia sobre un gran número de iglesias occidentales.
Justiniano tomó el nombre de «Isapóstolos» (igual a los apóstoles), y dictó leyes en que sujetaba las cuestiones de la vida de la Iglesia bajo la jurisdicción del emperador y el gobierno bizantino, tales como la elección de obispos, el culto público, la administración de los bienes y propiedades de la Iglesia, la ordenación del clero, la injerencia en la moralidad del clero con relación a la simonía, la compra de puestos eclesiásticos, y el nombramiento de los abades de los monasterios.
Justiniano trabajó para lograr el triunfo sobre sus rivales de la fe ortodoxa acordada en el concilio de Calcedonia, especialmente sobre los arrianos. Justiniano trataba de efectuar un convenio entre los partidarios de Calcedonia y los más moderados de los monofisitas, sobre la base de mantener en ejecutoria los decretos de Calcedonia, pero inclinándolos hacia los puntos de vista de Cirilo de Alejandría, quien al mismo tiempo que reconocía el elemento humano de Cristo, lo subordinaba a lo divino. Para ello Justiniano se apoyó en los escritos de León de Bizancio, un monje contemporáneo, quien empleando las "categorías" aristotélicas sostenía que se podían asegurar las dos naturalezas en Cristo sin caer en el extremismo nestorianista, y que esas dos naturalezas podían estar tan mezcladas y unidas entre sí, que en Cristo no habría sino una hypóstasis, la del Logos.
Aún en los tiempos de Justiniano, eran tantos los obispados y los monasterios fieles a la herejía monofisita, que fácilmente era confundida con la ortodoxia oficial, a tal punto que la emperatriz Teodora simpatizaba con ese error cristológico, y el mismo emperador lo consideraba un punto de vista capaz de ser reconciliado con la ortodoxia de Occidente, en donde había sido plenamente aceptada la fe de Calcedonia, a pesar de que el concilio de Calcedonia había tenido mayoría de participación de obispos de Oriente.
¡Cómo se había alejado la cristiandad de aquel espíritu evangélico que caracterizaba a los que anduvieron con el Señor por los caminos de la Tierra Santa, y luego de los discípulos de éstos! ¡Cómo se había perdido el primer amor y el humilde celo por las cosas del Señor! ¡Cómo había caído la Iglesia del lugar en donde el Señor la había levantado cuando Él fue levantado a la cruz, cuando Él fue resucitado, y cuando fue glorificado ascendiendo al Padre y enviando a Su Santo Espíritu! En los tiempos de este pujante emperador, lastimosamente continúan en pugna las rivalidades patriarcales y el rigor de imponer sus divergentes opiniones teológicas. La escuela alejandrina seguía sosteniendo que la antioquena había sido aplastada en Éfeso en el año 431, y el monofisismo tendría que triunfar, con ese inusitado florecimiento que había tenido en Oriente. El emperador observaba todo aquello, viéndolo como un peligro para la unidad política del imperio, y debía tomar cartas en el asunto.
Como el monofisismo había tomado tanta fuerza, como una medida conciliatoria, y para aplacar a los egipcios y su corriente alejandrina, el emperador Basiliso había condenado el Tomo, la carta dogmática de León I Magno, así como la declaración ortodoxa de Calcedonia, en su decreto « Encyclion», del año 476. Asimismo Zenón, en el año 482, en su decreto « Henotikon», había condenado a Eutiques y a Dióscoro, rechazando el concilio de Calcedonia. Pero a pesar de estas medidas, no se había encontrado solución para el latente cisma de la cristiandad en el Imperio. Los orientales no los aceptaron y los occidentales los consideraban una traición a Calcedonia.
En el año 544, para mostrarse complaciente con los poderosos monofisitas, el emperador Justiniano, asesorado por un consejero, expidió un edicto imperial por medio del cual condenaba tres escritos algunas veces conocidos con el nombre de «Los Tres Capítulos», por medio del cual condenaba:
1. La persona y los escritos de Teodoro de Mopsuestia, quien había tratado de justificar las ideas de Nestorio sobre las dos naturalezas de Cristo, y que habían sido rechazadas por el Iglesia. Teodoro era teólogo de la Escuela teológica de Antioquía, donde se cultivaba la erudición y se rechazaba la exégesis alegórica.
2. Los escritos de Teodoreto de Ciro*(1) (386-458), exégeta y teólogo de la escuela de Antioquía, quien también se había levantado en favor de Nestorio, contra Cirilo de Alejandría y el concilio de Éfeso.
*(1) Teodoreto de Ciro, fue obispo. Historiador eclesiástico antiguo, además de exégeta, teólogo y polemista. A él se le debe la clarificación de las dos naturalezas en Cristo, base del concilio de Calcedonia, en contra de las ideas monofisitas de Eutiques. Es considerado el más distinguido teólogo de la escuela de Antioquía.
3. Una carta de Ibas de Edesa, que defendía a Teodoreto contra Cirilo.
Este edicto despertó nuevas disensiones en vez de contribuir a la armonía, y Occidente creyó ver en este edicto imperial que condenaba los Tres Capítulos, una reivindicación del monofisismo y un repudio al concilio de Calcedonia, en donde Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa habían sido reconocidos dentro de la comunidad ortodoxa; además, muchos obispos consideraron este decreto como inicuo por tratarse de personas fallecidas.
El "infalible" papa Vigilio intervino en esta controversia con una actitud vacilante y contradictoria de sí mismo. Recuérdese que le debía fidelidad a la ortodoxia occidental, pero a la vez a Justiniano y a su esposa, quienes en el año 537 lo habían elevado a la sede romana. Comenzó oponiéndose al edicto imperial y rompiendo relaciones con el patriarca de Constantinopla. Luego fue a Constantinopla y, bajo la presión del emperador, cambió de parecer expidiendo un «Iudicátum» apoyando a Calcedonia, pero condenando los escritos anatematizados por el edicto imperial, tratando de quedar bien con todos. A su vez el «Iudicátum» papal fue censurado por occidente en pleno, y en especial por muchos obispos de Galia, África del Norte, Escitia, Dalmacia e Iliria, en donde lo tenían por hereje, ya que comprometía la fe de Calcedonia, por lo cual el veleidoso Vigilio retiró y anuló su propio «Iudicátum» en 550. Lo anterior dio por resultado que el emperador Justiniano convocara el llamado Quinto Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en 553.
El concilio
Huyendo de las retaliaciones del emperador, Vigilio se había refugiado en Calcedonia, en la catedral de Santa Eufemia, en donde habían tenido lugar las sesiones del último concilio ecuménico, y había solicitado como condición para asistir al nuevo concilio, que fuese igual el número de obispos occidentales que orientales, lo cual no se cumplió; y a pesar de las protestas de Vigilio, el concilio fue inaugurado el 5 de Mayo del año 553, por el patriarca Eutiquio de Constantinopla, en el templo episcopal.
A pesar de la oposición de Vigilio y su negativa a asistir por la abrumadora mayoría griega, la asamblea confirmó la condenación de los Tres Capítulos. Paralelamente, secundado por dieciséis obispos, y en su intención de dar un juicio independiente sobre los asuntos tratados en el concilio, publicó un documento conocido como el «Constitutum», en donde condenaba sesenta proposiciones de Teodoro de Mopsuestia, y prohibiendo la condenación de los otros capítulos. El concilio, sin romper relaciones con Roma, acusó a Vigilio de nestorianismo, e hizo que el nombre de Vigilio fuese borrado de los registros de los obispos, por lo cual, habiendo sido desterrado por un edicto imperial, después de seis meses de exilio, mediante un segundo « Constitutum», Vigilio concedió legitimidad al concilio, aceptó las decisiones conciliares, condenando de paso de nuevo "los Tres Capítulos" y a sus defensores, y de regreso a Roma, murió en el camino en 554.
De esta manera fue hecha oficial para el cristianismo ortodoxo la interpretación cirílica de Calcedonia. Con la condena de tres de sus más insignes representantes, la escuela antioquena recibía un duro golpe de su rival alejandrina, cuya sistema alegórico se impondría nefastamente por muchos siglos en la historia de la Iglesia. No obstante, este concilio de Constantinopla II no tuvo el reconocimiento de muchos obispos en Italia y Galia.
Para compensar ante el resto de la cristiandad las decisiones expuestas arriba, este concilio condenó algunas de las enseñanzas erróneas atribuidas a Orígenes y tres obras atacadas por los monofisitas. Orígenes, antiguo maestro de la escuela de Alejandría, había enseñado la creación eterna del mundo, la negación de la resurrección corporal, la salvación universal y la existencia pre-terrestre de las almas. También confirmó el concilio las prerrogativas del patriarca de Constantinopla, pues lo libró de la jurisdicción del metropolitano de Heraclea, en Tracia, y le asignó un rango solamente superado por el de Roma.
Consecuencias
Pese a la intención de Justiniano, el Quinto Concilio Ecuménico no restauró la unidad de la Iglesia, pues no logró reprimir lo que amenazaba a la ortodoxia. Este concilio, que no aportó nada constructivo a la Iglesia, no fue considerado ecuménico sino mucho más tarde, y por más de un siglo una parte de las iglesias del Occidente estuvo separada del resto de la Iglesia. Como es de suponer, la herejía monofisita no fue extinguida, sino que se vigorizó, y la condena de los Tres Capítulos iba en contra vía de las decisiones de Calcedonia, y paradójicamente un concilio condenaba parte de lo que otro había aprobado. De ahí que Justiniano, agotados los medios de la negociación, de la persuasión, de la convocatoria de un concilio, decidió a última instancia conseguir esa unidad cristiana y ortodoxa por medio de la fuerza, pero la muerte lo sorprendió en su intento de imponer de ese modo sus puntos de vista cristológicos. El monofisismo llegó a desarrollarse tanto, que Jacobo Baradeo, nacido aproximadamente en el año 490, siendo obispo y dedicado a la vida ascética, viajando casi siempre a pie, vestido sólo de ropas hechas de pelo de caballo, extendió el monofisismo y lo fortaleció, de tal manera que llegó a consagrar a dos patriarcas, ochenta y nueve obispos y cien mil sacerdotes, desde el año 542 a 578.
Por un lado el Código de Justiniano, el «Corpus Juris Civilis», serviría para encumbrar al Romano Pontífice sobre todos los dominios políticos y religiosos de Europa, y como consecuencia la institución católica romana impidió que la luz del evangelio iluminara sobre el continente europeo, y en su lugar sobreviniese una era de tinieblas y de paganismo disfrazado de cristianismo. ¿De dónde surgió el cesaropapismo medieval? Remítase al Código de Justiniano y la dominación de la Iglesia por el emperador, que se había iniciado con Constantino y que había llegado a su clímax con Justiniano, y que hizo de la Iglesia un instrumento del Estado. Por eso al cesaropapismo también se le llamó bizantinismo.
Por otro lado, el triunfo de la escuela alejandrina le dio bases al papado para que se erigiese por encima de las Escrituras, como único intérprete autorizado, dándole a la Palabra de Dios un carácter misterioso y un significado oscuro, que el Señor nunca le dio.
La Biblia misma se encarga de rebatir el error monofisita. Las Sagradas Escrituras nos dicen que en la única Persona del Señor Jesucristo existen las dos naturalezas, la divina y la humana; que es verdadero Dios y verdadero Hombre. Por ejemplo:
"En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el verbo era Dios" (Juan 1:1).
"15Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. 16Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. 17Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten. 9Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad" (Colosenses 1:15-17; 2:9).
"El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder" (Hebreos 1:3).
"2En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; 3y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo" (1 Juan 4:2,3).
"Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre" (1 Timoteo 2:5).
"Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos" (Romanos 5:19).
"Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos" (1 Corintios 15:21.
Las Escrituras abundan en textos que declaran que el Señor Jesús es Dios y Hombre, o mejor Dios-Hombre. Quien pretenda anularle Su naturaleza humana, con ello está negando Su poder de ser nuestro sustituto en Su obra en la cruz.

Cap. 6: CONCILIO DE CONSTANTINOPLA III

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TERCER CONCILIO DE CONSTANTINOPLA
(VI Ecuménico)


Celebrado mediante dos convocatorias: La primera en el año 680-681, por el emperador Constantino IV Pogonato, quien invitó al papa Agatón a que enviara sus legados; la segunda convocada por el emperador Justiniano II en el año 692. Se debatió sobre la doctrina de las dos voluntades en Cristo y Sus dos naturalezas, condenando el monoenergismo o monotelismo. La conclusión fue que Cristo tenía dos voluntades, existiendo una perfecta armonía entre ambas. Su voluntad humana estaba siempre en sujeción a Su voluntad divina. Sus sesiones fueron llevadas a cabo en la ciudad de Constantinopla, la Nueva Roma.

Antecedentes
En el siglo VII el cristianismo atravesaba una crisis decadente debido a una relajación moral y espiritual de la mayor parte del pueblo cristiano. La Iglesia estaba sufriendo una preocupante debilidad; por doquier reinaba una frialdad debida a que la fe en las personas era sólo nominal; el clero y los monjes daban un pobre testimonio de vida, y ya empezaba mucha de la desorientación e ignorancia que caracterizó a los creyentes de la Edad Media.
A comienzos del siglo VII se había cerrado la era histórica del mundo antiguo y alboraba el medioevo con su oscurantismo a cuestas, y aún persistía el error monofisita en torno a las dos naturalezas de Cristo, pues muchos obispos orientales seguían defendiendo esta doctrina, sin que muchos otros dejaran de ser simpatizantes. Los emperadores bizantinos habían hecho fallidos intentos por reconciliar a los ortodoxos con los monofisitas, y una vez más lo intentó el emperador Heraclio (610-641) por sugerencia de Sergio, patriarca de Constantinopla (610-638), hallando para ello apoyo en ciertos escritos atribuídos a Dionisio el Areopagita, el cual había dicho que Cristo obraba acciones divinas y humanas por una sola energéia.
Sergio, tratando de solucionar el conflicto divisivo propone una "bizantina" fórmula que a la postre no fue más que una nueva herejía, pues pidió suspender esta controversia sobre si Cristo obraba por medio de una o más energéia. Sergio propuso que todos estuviesen de acuerdo en que en el Verbo encarnado había dos naturalezas, pero una sola operación y una sola voluntad (thélema) divino-humana, que él denominaba "única energía natural divino-humana", a lo cual se le llamó "monotelismo", de monos, uno, solo, sin compañía, y thélein, querer, escoger, actuar por voluntad; es decir, un solo querer, una sola voluntad. En otras palabras, Sergio quería conjugar dos afirmaciones pretendidamente complementarias: Cristo posee una sola energía (complaciendo a los monofisitas) y doble naturaleza (complaciendo a los partidarios de Calcedonia); de aquí que se le diera también el nombre de monoenergismo. En el año 633 se prohibió hablar de una o de dos energías en Cristo; no obstante, Sergio mantuvo su rotunda oposición a las dos energías, por creer que ello exigía asignar a Cristo dos voluntades apuestas entre sí. En principio, Sergio tuvo un relativo éxito en sus propósitos, pues logró la reconciliación de muchos obispos orientales, y de paso obtuvo la aprobación papal en el poco versado Honorio I (625-638), quien por escrito estuvo de acuerdo con los puntos de vista heréticos de Sergio; también obtuvo la aprobación del emperador Heraclio, quien oficializó al monotelismo mediante edicto imperial, y esta controversia seguía su curso interminable.
A pesar de que esta herejía había sido elevada a la categoría de doctrina oficial del Estado, el monotelismo pronto encontró sus decididos opositores tales como Sofronio, obispo de Jerusalén, y muchos partidarios de los anteriores concilios ecuménicos, en especial el de Calcedonia.
Pablo, el sucesor de Sergio en el patriarcado de Constantinopla, viendo que lejos de unir, el monotelismo había dividido más la cristiandad, tuvo la decisión de suspender
las discusiones acerca de la voluntad de Cristo, lo cual registró en el documento llamado "Typus", que fue convertido en edicto imperial por Constante II (641-668). En Roma, Martín I (649-655), el sucesor de Honorio en el papado, condenó el monotelismo en un sínodo de 105 obispos reunido en Letrán en el año 649, declarándose a favor de las dos energías o voluntades en Cristo, condenando a Sergio y pronunciándose en contra de los edictos imperiales de los años 638 y 648. Esa osadía, por orden del Emperador Constante II, le costó el destierro y su posterior muerte en Crimea, a causa de los maltratos de que fue víctima.
El más conspicuo, atrevido y competente oponente a la herejía del monotelismo fue el monje Máximo el Confesor (580-662), discípulo de Sofronio y considerado el más destacado teólogo griego del siglo VII, quien por esta causa, y también por orden del Emperador Constante II, sufrió la cárcel, la mutilación de la lengua y de la mano derecha y posterior destierro, a fin de que no siguiera hablando o escribiendo sobre este prohibido tema. Él era oriundo de Hasfin, Palestina, localidad sobre el Golán, en Tiberías. Entre otras cosas, él había escrito en 642 en el Opúsculo 7: Exposición doctrinal remitida a Chipre, para el diácono Marino, lo siguiente:
«Por consiguiente, aceptando la doctrina de los santos padres, rechazamos cualquier merma en la voluntad, en las operaciones naturales y en la naturaleza misma del solo y único Verbo de Dios hecho hombre y creemos que Él mismo es, al mismo tiempo, en todos los aspectos, perfecto Dios y perfecto hombre, pues posee por naturaleza y de modo perfecto todas las características propias de las naturalezas divina y humana, sus voluntades y operaciones. De esta suerte evitamos que, por la sustracción de alguna de las propiedades que definen a una u otra de esas dos naturalezas, lleguemos no sólo a disminuir la realidad de cada una de las dos partes en las que y a las que subsiste, sino incluso a la completa eliminación de ambas o de alguna de ellas. Y que tenía una verdadera voluntad humana, como cumple a su naturaleza, al igual que posee una voluntad divina por su esencia, lo manifiesta el propio Verbo con aquella humanísima súplica con la que rogaba ser librado de la muerte y que hizo en favor de nuestra salvación, diciendo: "Padre, si es posible, aleja de mí este cáliz". Revelaba de este modo la debilidad de su carne y que su manifestación en la carne no era una fantasía que engañara a quien la veía, haciendo errar sus sentidos. Sino que realmente era hombre, como lo prueba su voluntad natural, de la que emanó esa súplica de liberación, según el proyecto de la salvación».*(1)
*(1) Máximo el Confesor. Meditaciones sobre la agonía de Jesús. Editorial Ciudad Nueva. 1990. Pág. 28.
El concilio
Así estaban las cosas cuando es entronizado un nuevo emperador bizantino, Constantino IV (668-685), quien veía la necesidad de restablecer la armonía eclesiástica y el fortalecimiento político en el imperio, convocando un nuevo concilio ecuménico, inclinándose a la sazón a favor de la corriente de Calcedonia. Es bueno anotar que para esa época, muchas provincias del antiguo imperio romano bizantino habían sido invadidas, no sólo por los bárbaros, sino también por los árabes musulmanes, de manera que los principales obispados monofisitas estaban en mano de los árabes islámicos; de modo que la controversia monofisita estaba casi que eliminada.

«Trullanum Primun»
El Tercer Concilio Ecuménico de Constantinopla fue inaugurado el 7 de noviembre del año 680, y duraron las reuniones hasta el 16 de septiembre del siguiente año. Muchos historiadores designan este concilio con el nombre de "Trullanum Primun" debido a que se realizaron sus sesiones en la cúpula del palacio imperial, llamada "Trullo". A sus reuniones asistieron unos 174 obispos orientales y ocho emisarios occidentales, los cuales llevaron un documento escrito del sínodo romano, defendiendo la misma posición que había tomado Martín I, y que le había costado el destierro y la muerte.
A pesar de la abrumadora mayoría oriental, fue presidido el concilio por los legados romanos juntamente con el emperador. En las tres primeras sesiones, de un total de veintidós, fueron leídas las actas de los concilios ecuménicos de Éfeso, Calcedonia y Constantinopla II; en las siguientes se barajaron los textos de los llamados antiguos padres, tanto por parte de los monotelitas como por los ortodoxos.
Este concilio condenó definitivamente el monotelismo, que afirmaba la existencia en Cristo de una única voluntad, anulando de paso los edictos imperiales de Heraclio y Constante II. Asimismo fue excomulgado Macario, patriarca de Antioquía, principal defensor de la herejía monotelita. Como autores y propagadores de la herejía fueron condenados post mortem, entre otros, Sergio, patriarca de Constantinopla, Pablo y Pedro de Constantinopla. No obstante que este concilio era presidido por legados papales, fue excomulgado el papa Honorio I, y su nombre eliminado de la lista de los obispos, declarándolo hereje, lo mismo que al patriarca Sergio. A todos ellos los tildaron de instrumentos del diablo, y los anatematizaron.
El concilio se declaró claramente en favor de dos voluntades y dos energías existentes en Cristo, como "concurrentes mas mutuamente en Él para la salvación de la raza humana". Conciliando la doctrina de los cinco concilios precedentes, en este concilio queda fijada la doctrina cristológica: Se dejó sentado que puesto que Jesucristo era verdadero Dios como también verdadero hombre, tenía que tener, en la unidad de persona, dos naturalezas, una divina y otra humana, con dos voluntades correspondientes a cada una de sus naturalezas. De esta manera este concilio dio por terminado el prolongado debate que durante muchos siglos se había sostenido sobre la relación de Jesucristo con Dios y sobre la manera en que habían de hallarse en el Señor Jesús lo divino y lo humano. Lo anterior fue consignado en la siguiente fórmula de fe:
"Creyendo que es uno de la Santa Trinidad, aún después de la encarnación, nuestro Señor Jesucristo, nuestro verdadero Dios, decimos que sus dos naturalezas resplandecen en su única hipóstasis, en la que mostró tanto sus milagros como sus padecimientos, durante toda su vida redentora, no en apariencia, sino realmente; puesto que en una sola hipóstasis se reconoce la natural diferencia por querer y obrar, con comunicación de la otra, cada naturaleza lo suyo propio; y según esta razón, glorificamos también dos voluntades y operaciones naturales que mutuamente concurren para la salvación del género humano".
No obstante esto, el monotelismo fue resucitado por un emperador bizantino a principios del siglo VIII, y los maronitas en el Líbano lo enseñaron hasta el siglo XII, cuando se reconciliaron con el papado romano. Anotamos los siguientes versículos bíblicos, los cuales también nos hablan de las dos naturalezas y de las dos voluntades del Verbo encarnado:
"Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu (humano) y se conmovió" (Jn. 11:33).
"38Entonces Jesús les dijo: Mi alma (humana) está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. 39Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero (voluntad humana), sino como tú (voluntad divina)" (Mt. 26:38-39).
"Padre, si quieres, para de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad (humana) (en griego thelema, θέλημά), sino la tuya (la voluntad divina)" (Lc. 22:42).
"Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (humano). Y habiendo dicho esto, expiró" (Lc. 23:36).
"Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad (la humana), sino la voluntad (divina) del que me envió" (Jn. 6:38).
"Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora" (Jn. 12:27).

«Trullanum» segundo
Transcurridos once años desde el Sexto Concilio Ecuménico, Tercero de Constantinopla, el emperador Justiniano II (685-695) convocó un nuevo concilio en el año 692, en el palacio imperial, con la asistencia de obispos de Oriente. Por haber sesionado en el mismo lugar del anterior, se le conoce como el segundo "Trullanum". Algunos historiadores no lo consideran como Concilio Ecuménico, alegando que finalmente el papado romano no lo aceptó y que las iglesias orientales sí lo consideraron como ecuménico, pero suplementario de los concilios quinto y sexto, los cuales no habían decretado leyes de disciplina eclesiástica, y por eso fue llamado "Quinisexta" o "Quinisextum".
La convocatoria de este nuevo concilio obedeció a que los anteriores no habían tratado de resolver cuestiones relacionadas con la moral del clero y la disciplina eclesiástica. El anterior concilio no se había ocupado de tocar el tema de una reforma de costumbres, especialmente en los círculos eclesiásticos. El nicolaísmo*(2) había echado raíces profundas y estaba haciendo sentir sus efectos devastadores en la Iglesia. Era tan lamentable la situación moral de la iglesia oficial, que este concilio llegó a aprobar 102 rigurosos cánones relacionados con ética y disciplina del clero. En contraposición a la costumbre clerical romana, este concilio aprobó el casamiento de los diáconos y presbíteros, y para evitar groseros escándalos, el clero fue sometido a un estricto control en las altas esferas eclesiásticas, pues el prurito de castidad había conducido a una falsa moral y a un mal disimulado fariseísmo. Esto equivalía a una ratificación de lo acordado en el primer concilio de Nicea, en contra del celibato obligatorio. En esta materia y en todas las relacionadas con vida de la Iglesia y los asuntos que atañen a Dios y Sus propósitos, debemos siempre remitirnos a las Sagradas Escrituras, las cuales nos enseñan la verdad. Por ejemplo dice en 1 Timoteo 4:1-3:
*(2) Doctrina y práctica espúrea introducida en la iglesia con la formación de una casta clerical o hierarquía dominante, con autoridad sobre el pueblo o laicos, los creyentes comunes. Esta enseñanza la heredó el protestantismo del sistema católico romano. El nicolaísmo comenzó en la iglesia aún en tiempos del apóstol Juan en su fase de meras obras, las cuales eran aborrecidas por la iglesia (Apo. 2:6); pero esas obras sufrieron un desarrollo y se convirtieron en doctrina en tiempos de Constantino el Grande (Apo. 2:15).
"1Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; 2por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, 3prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad".
Ahí vemos claramente que el celibato clerical es una doctrina de demonios heredada de las raíces religiosas babilónicas. El celibato fomenta el escándalo y la inmoralidad sexual. En esa misma carta, 1 Timoteo 3:2, Pablo dice:
"Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar".
"5Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos (obispos) en cada ciudad, así como yo te mandé; 6el que fuere irreprensible, marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía" (Tito 1:5-6).
Este concilio reconoció el Canon completo de los libros del Nuevo Testamento, tal como había sido reconocido por los sínodos romanos (382) y el tercero de Cartago (397), sin que ello signifique que estos concilios hayan determinado el Canon. Ese es un asunto del Espíritu Santo. El Canon de los libros inspirados por el Espíritu Santo no es determinado por la Iglesia. La normatividad y autoridad de las Escrituras Sagradas son determinadas por Dios; y los libros que componen el Nuevo Testamento estuvieron en uso desde los primeros días del cristianismo, y el mismo Señor se fue encargando de que la Iglesia fuera rechazando los que no eran inspirados, pero la autoridad y la inspiración de los libros sagrados sólo la determinó el Espíritu Santo. La labor de los concilios sólo consistió en reconocerlos como sagrados, por causa de los libros apócrifos que circulaban ya en la época. La Iglesia reconoce lo que Dios ha revelado en Su Palabra y da testimonio de ello.
En el canon 36, el concilio confirmó de nuevo la decisión de Calcedonia de que "la sede de Constantinopla gozará de privilegios iguales que la sede de la vieja Roma... y segunda después de ella". Alejandría ocupaba el tercer lugar, Antioquía el cuarto y Jerusalén el quinto. Para esta época, las sedes patriarcales de Alejandría, Antioquía y Jerusalén, estaban en manos de los musulmanes, de manera que esos rangos eclesiásticos tenían más de simbólicos que de reales. El espíritu de esta decisión era consolidar a Constantinopla frente a las pretensiones romanas, que a la postre eran puntales sólidos para que se protocolizara más tarde el Cisma de Oriente.
Este concilio prohibió la representación de Cristo como un cordero, ordenando a cambio que fuese representado en forma humana.
El papa romano Sergio I (687-701), no reconoció este concilio como ecuménico, y se negó a asentir las decisiones de este concilio, debido principalmente al canon 36; pero poco más tarde otro papa, Juan VII (705-707), en el año 705, las confirmó con algunas modificaciones; pero se iba ensanchando el abismo de separación entre ambas facciones de la cristiandad, y los sucesores de Juan VII, no obstante, finalmente rechazaron la ecumenicidad del mismo.

Resumen cristológico
Dios no ha permitido que un asunto tan fundamental como la cristología haya quedado en la historia sin la debida y correcta definición. Aquí podemos intercalar un resumen de lo que al respecto fue aclarado en los primeros concilios ecuménicos.
En Nicea (325) se combatió el arrianismo y se proclamó que Cristo es de la misma sustancia que el Padre, y por consiguiente, Cristo es Dios.
En Constantinopla I (381) se condenó el apolinarismo y se definió la humanidad de Cristo; es decir, que Cristo es verdadero, perfecto e impecable hombre.
En Éfeso (431), condenando al nestorianismo, se definió que en Jesús hay una sola persona.
En Calcedonia (451), fallando la controversia eutiquiana y su monofisismo, aclaró que Jesús es una persona única que posee dos naturalezas, la divina y la humana.
En Constantinopla III (680-681), al condenar al monotelismo, se definió que en Jesús operaban dos voluntades, la divina y la humana, estando la humana sometida a la divina en perfecta armonía. Estas han sido las principales controversias en torno al Señor Jesucristo.

Cap. 7: CONCILIO DE NICEA II

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SEGUNDO CONCILIO DE NICEA

(VII Ecuménico)


Este séptimo concilio ecuménico fue reunido en Nicea en el año 787 - Convocado por Irene, la emperatriz regente. Sancionó el culto a las imágenes; es decir, declaró la legitimidad de darle reverencia a cuadros e imágenes que representaran realidades divinas.

Antecedentes
Los albores del siglo VIII significaron una época crucial para el Imperio Bizantino, por la abrupta irrupción de los ejércitos musulmanes; pero cuando éstos asediaban en las mismas puertas de Constantinopla, sube al poder imperial León III (717-740), de la dinastía isaura, salvando así a la capital del imperio, devolviéndole al Este el prestigio perdido, y reconquistando muchos territorios que habían sido tomados por los árabes. Este mismo empuje reconquistador fue retomado por su sucesor Constantino V (740-775), quien llegó hasta las mismas márgenes del río Éufrates, en los límites de las antiguas tierras mesopotámicas.

Por las actas del concilio de Elvira (España), se sabe que el cristianismo antiguo, post primitivo, era adverso al culto y adoración a las imágenes religiosas, pero ante la decadencia de la cristiandad a partir de Constantino el Grande, se fue introduciendo esa costumbre debido a la influencia pagana; pero a raíz de las invasiones y de la influencia de los musulmanes, al parecer enemigos de la idolatría, surgió un movimiento iconoclasta, y fue cuando el emperador León III, oriundo de Anatolia, menos dado a la idolatría que los griegos, comprendió lo justo de las burlas de los infieles, y dentro del paquete de sus reformas imperiales, introdujo la prohibición del culto de las imágenes en el año 730, y aquello duró por más de un siglo, situación conocida en la historia como la controversia de las imágenes. Hay que reconocer que el cristianismo gradualmente se fue transformando, de tal manera que sus elementos originales ya en el medioevo era difícil reconocerlos; y no es de extrañar que, por ejemplo, el genuino arrepentimiento llegase a degenerarse en penitencia, la Cena del Señor, se convirtió en un sacrificio expiatorio ofrecido por un sacerdote terrenal, con el raro poder de salvar a vivos y a muertos, rito que hasta hoy llaman misa, término del latín, que significa reunión. Entonces, imagínese el lector aquella situación.

Mahoma, el originador del islamismo había conocido los textos del Antiguo Testamento; él sabía que era descendiente de Abraham por la línea de Ismael, él conocía los textos de Moisés incluido el Decálogo donde está prohibida la idolatría; por la lectura del Nuevo Testamento, Mahoma sabía acerca de Jesús de Nazaret, y estaba en contra de la adoración de las imágenes, y sus seguidores se encuentran un cristianismo decadente e idolátrico, el cual sin duda es el blanco de las burlas del islamismo. A tal punto conocía Mahoma la Biblia, que para él la revelación de Dios en el mundo es progresiva y reconoce seis fases o grados en ella: Adán, Noé, Abraham, Moisés, Jesús y, por supuesto, Mahoma. Es innegable que los árabes habían sido idólatras antes del islamismo. La Meca, antes del advenimiento de la religión iniciada por Mahoma, era un verdadero panteón de divinidades árabes, pero al surgir el Corán, el islamismo consolidó la adoración al solo Alá, que ellos por tradición desde antiguo ya conocían como el padre de todos los dioses, y a quienes los peregrinos ya venían adorando en una piedra negra que era guardada dentro de un edificio, la Kaaba. Pero, ¿qué dice la Palabra de Dios? Dice en Éxodo 20:3-6:

"3No tendrás dioses ajenos delante de mí. 4No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. 5No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, 6y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos".

"No haréis para vosotros ídolos, ni escultura, ni pondréis en vuestra tierra piedra pintada para inclinaros a ella; porque yo soy Jehová vuestro Dios" (Levítico 26:1).

"15Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego; 16para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, 17figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire, 18figura de ningún animal que se arrastre sobre la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra. 19No sea que alces tus ojos al cielo, y viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, seas impulsado, y te inclines a ellos y les sirvas; porque Jehová tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos" (Deuteronomio 4:15-19).

"Por tanto, amados míos, huid de la idolatría" (1 Co. 10:14).

Como es de suponer, la política religiosa del emperador León III tuvo sus opositores, en especial entre los monjes, dados como eran a las representaciones religiosas (iconos e imágenes), y con ellos el pueblo supersticioso y cuasi pagano. Uno de esos monjes que lideraba esa oposición fue Juan Damasceno, quien escribió tres apologías en favor del culto de las imágenes, en donde, por ejemplo se pueden leer las siguientes palabras: "No corresponde al Emperador hacer leyes para regir a la Iglesia. Los apóstoles predicaron el evangelio; el monarca debe cuidar del bienestar del Estado; los pastores y maestros se ocupan de la Iglesia". Es cierto lo que escribe aquí el monje; pero, la Iglesia misma, al aceptar la unión con el Estado, ¿no perdió el derecho de usar este argumento?
A pesar de todo esto, el emperador siguió su política iconoclasta, y sus soldados destruyeron toda suerte de esculturas y cuadros, cosa que también sirvió de pretexto para frenar el creciente poder de los ricos monasterios, y sujetar a la Iglesia bajo el poder del Emperador. A esto siguieron las luchas opositoras tanto de monjes como del desorientado pueblo y hasta por el mismo patriarca Germán de Constantinopla. Muchos de ellos fueron ejecutados, depuesto el patriarca iconólatra y sustituido por el iconoclasta Atanasio. En Roma, el papa Gregorio III (731-741) en oposición a la política del emperador, convocó un sínodo romano en el año 731 al que asistieron 93 obispos, decretando que en adelante el que destruyese o injuriase imágenes de Cristo, de María o de los apóstoles y demás santos sería excomulgado.
Constantino V (741-775) sucedió a su padre León III en el trono imperial, y en su celo iconoclasta convocó un concilio en Hiereia en el año 754, con la asistencia de 300 obispos, quienes basados en las Escrituras y la tradición patrística, condenaron el culto a las imágenes, dejando por sentado que los únicos símbolos del culto cristiano se hallan representados en el pan y el vino de la cena del Señor, y de paso denunciaron la tendencia arriana o nestoriana que implicaba representar sólo la naturaleza humana de Jesucristo. Debido a que esto encontró fuerte oposición en Roma y el posterior triunfo de la iconolatría en el segundo concilio de Nicea, este concilio de Hiereia no tuvo aceptación ecuménica. Como consecuencia de los edictos imperiales y la imposición a la fuerza de los acuerdos del concilio de Hiereia, los templos y monasterios del Imperio fueron despojados de imágenes e iconos, a veces con el uso de la violencia. La verdad es que a un idólatra no se le libra de la idolatría arrebatándole y destruyéndole sus ídolos; eso trae consecuencias adversas. Esa sanidad debe empezar en el corazón, que en última instancia es de donde sale toda la maldad, y ese trabajo de sustitución de la adoración a los ídolos por la adoración al Dios vivo, sólo lo hace el Señor mediante Su Espíritu y por la obra de Su Hijo Jesucristo.
La política del emperador León IV (775-780), hijo y sucesor de Constantino V, fue de más tolerancia, se cree que por la influencia de su esposa Irene, quien se inclinaba hacia la adoración de iconos. A la muerte del emperador León IV en el año 780, Irene, su viuda, tuvo la oportunidad de gobernar en calidad de regente en el trono de su hijo menor Constantino VI (780-797).

El concilio
Irene destituyó al patriarca de Constantinopla y en su lugar elevó a Tarasio al patriarcado, quien venía desempeñándose como oficial civil; de manera que debió hacer los votos monásticos y ordenado sacerdote antes de ser elegido para ocupar la vacancia en el patriarcado. Con un patriarca surgido de esa manera, Irene bien podía emprender la restauración del culto de las imágenes en el Imperio; y para ello decidieron convocar un concilio en Constantinopla en 786, pero encontraron la férrea oposición de la guardia imperial, quienes lograron disolver la asamblea reunida en la Basílica de los Apóstoles. Para librarse de esa oposición, tuvo que depurar el ejército, y logró inaugurar el concilio el 24 de septiembre del año 787, pero en la ciudad de Nicea, en donde los obispos iconoclastas no tuvieron representación. El papa romano Adriano I (772-795) no asistió a este concilio, pero mandó sus legados, y la asamblea se ha considerado por el sistema católico romano como el séptimo concilio ecuménico. El número de obispos asistentes superaba los trescientos cincuenta.
En reemplazo del emperador, fue Tarasio quien presidió las reuniones del concilio, interesándose por normalizar las relaciones entre esa facción de la iglesia y el Estado, a fin de que el patriarcado fuese reconocido como autoridad suprema en lo relacionado con los dogmas, además de que se concediera al emperador autoridad tanto en lo relacionado con las leyes eclesiásticas como en la administración.

Restauración del culto a la imágenes
El segundo concilio de Nicea tenía como objetivo anular las decisiones del sínodo de Hiereia y condenar todos los decretos iconoclastas; estableció el culto de las imágenes, aprobó el uso de los iconos, fomentó la idolatría y la superstición. Asimismo prohibió el nombramiento de obispos por el poder laico. Para justificar la adoración de las imágenes, los obispos conciliares pretextaron, entre otras cosas, que la Escritura era insuficiente al respecto. Este concilio condenó, acusándolos de "sacrílegos herejes", a todos los que consideraban a las imágenes "cristianas" como simples ídolos, y estableció, bizantina y sutilmente, el embeleco de que a Dios se le rinde culto de latría, y a los santos de dulía*(1).
* (1) Palabra tomaba del verbo griego "douleno", servir
Consecuencias
A pesar de que Roma había avalado las decisiones aprobadas en Nicea, lo que siguió fue que lo aprobado por este concilio no tuvo inmediata aceptación universal, pues muchos sectores eclesiásticos de Oriente continuaban adheridos a sus convicciones iconoclastas, y Occidente se levantó en contra de la veneración de imágenes. En Occidente los papas habían aprobado el uso de iconos, pero había sectores que, aunque admitiendo las imágenes, se negaban a venerarlas, reprobando las decisiones del Concilio de Nicea. Así continuó por algún tiempo el forcejeo entre los favorecedores de los iconos e imágenes, por una parte, y los iconoclastas, por la otra.
Carlomagno (742-814), primer emperador del restaurado Imperio Romano de Occidente, se opuso a las decisiones del concilio de Nicea en un escrito teológico, "Libri Carolini". Incidentalmente un sínodo o anti-concilio reunido en Frankfort y convocado por el emperador Carlomagno en 794, con la asistencia de trescientos obispos occidentales, incluidos dos representantes papales, condenó el decreto del concilio de Nicea de 787 por el cual permitían tributar reverencia a las imágenes, considerando de paso dicha asamblea no como un concilio ecuménico, sino simplemente como una reunión de los obispos griegos. Este sínodo pidió al papa Adriano I que excomulgase a los obispos participantes en Nicea, pero el papa soslayó el asunto enredándolo todo con sutiles distinciones entre "veneración" y "adoración". Dice en Mateo 16:24:
"Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame".
En el versículo anterior la Escritura habla de llevar la cruz, no de adorarla. En la práctica religiosa, quien acostumbra adorar la cruz, es enemigo de llevarla para muerte del ego carnal. Pero no se trata de la religiosa costumbre de cargar una cruz metálica o de madera colgada en el pecho. La cruz de Cristo no es ostentación de algo objetivo, sino la obediencia subjetiva, y la muerte al mundo, al pecado, a la carne y al yo. Pero al final, Roma terminó imponiendo toda suerte de idolatría y superstición, porque su destino era convertirse en la gran ramera.
Como en esos tiempos la región norteña de Italia aún no había acatado la hegemonía papal, es meritorio de mencionarse que en la época carolingia, Luis el Piadoso, sucesor de Carlomagno, nombró obispo de Turín al español Claudio (murió en 839), famoso predicador, quien reprobó enérgicamente la veneración de ídolos, de la cruz y la práctica de solicitar la intercesión de los santos; enfatizaba la importancia de la devoción espiritual y la consagración personal a Dios. Crítico acérrimo de la institución papal, declaró que no debe ser llamado apostólico el que se sienta en la supuesta silla del apóstol, sino el que hace la obra de un apóstol. En toda esa región de Piamonte perduraron testigos fieles de la ortodoxia bíblica, sin que se contaminaran de idolatría ni de papismo, virtuosa semilla que iba germinando hasta que siglos más tarde esta verdad entroncara con el movimiento de los sufridos valdenses.
Después de Irene, en Bizancio hubo emperadores que condenaron la idolatría, pero resurgió definitivamente con Teodora, la esposa del emperador Teófilo, mujer idólatra que a la muerte de su esposo (año 842) gobernó como regente de su hijo Miguel III (842-867), a la sazón menor de edad. Entonces, a raíz de la aceptación tanto en Oriente con el culto a las imágenes en cuadros o iconos, como en Occidente con el culto a las imágenes esculpidas, las reliquias religiosas, la cruz, y otros objetos de dudoso origen, el segundo concilio de Nicea adquirió el carácter de ecuménico. Este concilio también se destaca por la promulgación de la «tradición» eclesiástica como autoridad, poniendo bajo anatema al que la rechazara; asunto que completó el contra-reformador concilio de Trento ocho siglos más tarde.

Cap. 8: CONCILIO DE CONSTANTINOPLA IV

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CONCILIO DE CONSTANTINOPLA IV
(VIII Ecuménico)



Este octavo concilio ecuménico fue reunido en Constantinopla en el año 868 - Convocado por el emperador Basilio; y celebradas sus sesiones en la basílica de Santa Sofía.


Panorama histórico

En pleno desarrollo del siglo VIII, ya avanzado el medioevo, los cambios políticos en Europa eran muy complejos; se había afianzado el indiscutible dominio papal en Occidente. Debido a que el papado veía un peligro en el poderío de los lombardos en el sur de Italia, el papa Zacarías (741-752), en procura de ayuda y protección, estrechó relaciones con el reino de los francos, legitimando la entronización de Pipino el Breve, quien había destronado al último rey de la dinastía merovingia, constituyéndolo en protector de Roma. En breve, y a cambio del respaldo recibido, Pipino le cedió al papado los territorios invadidos del Exarcado griego y la Pentápolis, arrebatados a la sazón a los lombardos, plantando de este modo la semilla de los posteriores Estados Pontificios.
La alianza franco-papal obviamente era mal vista en Oriente, pero eso no fue obstáculo para que el 25 de diciembre del año 800, el papa León III coronara en Roma a Carlo-Magno, hijo primogénito de Pipino el Breve, como Emperador de Occidente, hecho que fue considerado por Bizancio como una traición, viendo en Carlos I a un impostor.
Todo eso iba constituyendo fuertes raíces para el rompimiento entre Oriente y Occidente. Recuérdese que con Carlo-Magno el cesaropapismo recibió un fuerte espaldarazo, si tenemos en cuenta que él, basándose en el libro "De Civitate Dei" (La Ciudad de Dios), de Agustín de Hipona, consideraba su Imperio como un Estado divino, en el cual él era la cabeza.
De la concepción de estos poderes, el imperial y el papal, aliados pero en el fondo opuestos e impulsados por sus respectivas ambiciones, se desprende la variabilidad de su conflictiva coexistencia. ¿Quién manda en la cristiandad hecha Estado? ¿Quién manda en el Imperio, si tras el emperador existe un poder papal que corona los emperadores de Occidente?
Los territorios de los Estados Pontificios fueron generosamente ensanchados con la donación que Carlo-Magno le hiciera al papa Adriano (772-795), aumentando la hegemonía papal sobre Occidente del continente europeo. Cuanto más incrementaba el papa romano su poder temporal y jurisdiccional, tanto más menguaba su carácter espiritual, pues era tanta la desorientación reinante y el desconocimiento de la economía de Dios, que la vida religiosa llegó a ser controlada por el poder civil, y el nombramiento de arzobispos por parte de Carlo-Magno y sus sucesores degeneró en que surgieran iglesias feudales y arzobispales.
De ahí que los obispos comenzaron a buscar la manera de sacudirse de aquellas ingerencias seculares, y apelaron a Roma; pero se tropezaron con que aún en el siglo IX Roma carecía de los instrumentos jurídicos adecuados para respaldar esa posición, pues aún no estaba clara la jurisdicción de Roma sobre las demás iglesias del Imperio.
Pero los genios del romanismo resolvieron remediar eso inventándose unos falsos documentos llamados históricamente "Fraudes píos" o "Donaciones pías", o "Pseudo-Decretales" llamadas isidorianas, dentro de los cuales se encontraba la "Donación de Constantino"*(1), por medio de los cuales el papa romano tenía perpetuo derecho sobre la ciudad de Roma y todas las provincias, distritos y ciudades de Italia y de Occidente.

*(1) Remito al lector a mi libro "La Iglesia de Jesucristo, una perspectiva histórico profética", capítulo IV, Tiatira. Allí encontrará más amplia información sobre los famosos fraudes píos.

El objetivo principal de estas fábulas tenidas por documentos auténticos, era asegurar la posición de los obispos y del clero, guardándolos de la intromisión de los laicos; pero los mismos obispos que habían apelado a Roma y habían aceptado los fraudes píos, tarde ya se dieron cuenta que habían sido víctimas de su propio invento, pues el terrible yugo impuesto por Roma, resultó peor que el de los reyes y príncipes feudales.*(2)

*(2) El poeta italiano Dante Alighieri, aun desconociendo la falsedad de estos documentos, dice en su famoso libro La Divina Comedia, "Infierno", canto XIX: "¡Ah, Constantino! ¡A cuántos males dio origen, no tu conversión al cristianismo, sino la donación que de ti recibió el primer papa que fue rico!"


Estos obispos ignoraban el poder absoluto de los papas, lo cual halló legitimación en las falsas Decretales, estableciéndose definitivamente la supremacía espiritual y temporal de los papas sobre todos los obispos y gobernantes seculares de la cristiandad, convirtiéndose así Roma en el verdadero centro de la cristiandad medieval.


Antecedentes

La emperatriz Teodora, a la sazón regente de su hijo Miguel III, nombró a Ignacio como patriarca de Constantinopla; pero la integridad moral de éste chocaba con las maniobras y la conducta de los cortesanos, en especial con Bardas, el desenfrenado tío del monarca, a quien Ignacio negó la comunión, suceso por el cual fue destituido el patriarca en el año 858, y reemplazado por Focio, un noble elevado al rango patriarcal desde el cargo civil de canciller imperial; para lo cual, en una semana escaló todos los cargos jerárquicos eclesiásticos. Como consecuencia se dividió el clero bizantino entre partidarios de Ignacio y partidarios de Focio, con las consabidas persecuciones y destituciones de los obispos amigos de Ignacio, circunstancia que llevó a reunir un sínodo en Constantinopla en el año 861, a fin de esclarecer las cosas, al cual asistieron representantes del obispo de Roma.
Aunque Focio tuvo eventualmente el apoyo romano para permanecer en el cargo, sin embargo tenía muy presente que debía encararse con las pretensiones del papado. Para ese tiempo las rivalidades entre Roma y Bizancio, con sus poderosas y atractivas influencias religiosas, rituales y políticas, ya parecían irreconciliables. Focio fue repudiado y condenado por el papa Nicolás I (858-867) y un sínodo romano del año 863, papa que apelaba a las falsas Decretales Isidorianas para imponer su soberana voluntad. El emperador seguía respaldando a Focio, y a su vez convocaron un sínodo en Constantinopla en el año 867, que bajo la presidencia de Focio, condenó a Nicolás I, acusándolo sobre todo de falsificación del credo niceno, aduciendo que los latinos habían introducido en el Credo la palabra "Filioque" (y del Hijo), en el sentido de que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
Pero las cosas dieron un vuelco en Bizancio, pues Focio, ya sin sus amigos más influyentes en la corte, se vio obligado a renunciar debido a que emerge Basilio el Macedonio (867-886) y llega al poder imperial tras asesinar a Bardas y más tarde a Miguel III, volviendo Ignacio a la sede patriarcal.


El concilio

Basilio, el nuevo emperador, se puso de acuerdo con el nuevo papa, Adriano II (867-872), a fin de convocar un concilio, pero con la condición papal de que los legados romanos presidieran las sesiones; pero lo más grave del asunto fue que el papa exigió que toda la asamblea conciliar firmase un escrito suyo, el "Liber satisfaccionis", el cual confirmaba el primado de la sede romana.
Con escasa asistencia, este concilio inició sus reuniones el 5 de octubre del 868 hasta el 28 de febrero del siguiente año, en la basílica Hagia Sophía (Santa Sofía). Sus principales acuerdos se pueden resumir en los siguientes:
- Fue condenado Focio, en su presencia.
- A la tradición eclesiástica y dichos patrísticos les fue concedido la misma autoridad que la Palabra de Dios transmitida por los Apóstoles.
- Fue ratificada la legitimidad del anti-bíblico culto a las imágenes, anatematizando al que no lo hiciera.
- Este concilio definió que ningún poderoso del mundo removiese de su sede a los patriarcas, principalmente al papa romano, y siguiendo el orden, a los de Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén.
- Establece, en el canon 21, la superioridad del concilio sobre el papa.
Como vemos, la convocatoria, desarrollo y acuerdos de este concilio tienen un trasfondo eminentemente secular. El hombre, al apartarse cada día más de Dios, por muy eclesiástico que sea, como muy representante de Dios que pretenda ser, actúa impulsado por su naturaleza caída; y de ahí que, sin la intervención de la voluntad de Dios y muy lejos de los principios bíblicos, nombren y condenen muchas veces a un patriarca Focio, tengan la autoridad de la Palabra de Dios a la par que los dichos y tradiciones de los hombres, se olviden de adorar a Dios y obliguen a los demás bajo anatema a adorar a las imágenes, y cuiden de que nadie los deponga de sus encumbrados puestos, cargos de alcurnia inventados por los mismos hombres.
Por la Palabra de Dios, sabemos que el Señor aborrece el nicolaísmo. "Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco". Le dice a la iglesia en Éfeso en Apocalipsis 2:6, cuando los nicolaítas empezaban a obrar, pero luego vemos en el versículo 15, que esas prácticas se habían convertido en doctrina, y el Señor le dice a la iglesia en Pérgamo: "Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco". Desafortunadamente el nicolaísmo continuó hasta nuestros días y se ha vuelto un cáncer en la cristiandad moderna.


Rompimiento entre Oriente y Occidente

A pesar de haber sido anatematizado, Focio logró la amistad con el nuevo emperador y con Ignacio, a quien sucedió en la sede patriarcal de Constantinopla después de la muerte de éste en 877; y para que su persona fuese totalmente reivindicada, convocó un nuevo sínodo en Constantinopla. El papa Juan VIII (872-882), envió representantes a este sínodo, y reconoció a Focio, a cambio de que los misioneros bizantinos abandonaran Bulgaria en favor de los de Roma.
Este sínodo reconoció a Focio como legítimo patriarca bizantino. Los legados papales repudiaron la actitud que había tomado el anterior papa Adriano II respecto de Focio; pero se inició un irreversible divorcio entre la cristiandad oriental y la occidental, más si se tiene en cuenta que las "Decretales pseudo-isidorianas" fueron impugnadas en Oriente desde un principio. Después de eso siguió un pujante desarrollo de la cristiandad oriental con su expansión en Bualgaria, Rusia, los países Balcanes, y hasta en el sur de Italia, frente a una cristiandad latina temporalmente languidecida, debido al embate de los musulmanes y la debilidad de su aliado, el imperio carolingio de los francos; de manera que sobrevino la ruptura formal entre Roma y Constantinopla ya entrado el siglo XI.
Todas esas rivalidades y celos se habían consolidado en tiempos del papa León IX (1048-1054), mientras que en Oriente el patriarca era Miguel Cerulario, quien se opuso a Roma. Por un lado el papa ataca las costumbres del clero oriental, sobre todo porque se casaban, en tanto que Cerulario era un celoso defensor de la libertad de la Iglesia, tanto frente al Estado como del papado romano. Esto le valió el destierro y la muerte. Además de las que hemos venido insistiendo a lo largo de los capítulos anteriores, las causas de la ruptura total y definitiva de las cristiandades bizantina y la latina, no obedecen histórica y teológicamente a causas fundamentales, de peso, sino a rudimentarios pareceres y nimiedades, tales como que el clero occidental se afeitaba la barba y los popes orientales no, asuntos sobre el día de ayuno, el comer ciertas carnes, el uso del pan ácimo en la eucaristía, y otras cosas por el estilo.
Como Cerulario se negara a aceptar el primado romano, basado en la espuria "Donación de Constantino", el papa León IX envió a Constantinopla una bula de excomunión, la cual fue colocada en el altar de la Basílica de Santa Sofía, el 16 de julio del año 1054. Con este gesto, Roma renuncia a la hasta ahí verdadera expresión de catolicidad de la Iglesia, e inaugura la época de catolicidad romana. Como respuesta, Miguel Cerulario y con él la cristiandad oriental, al año siguiente celebraron un sínodo que se encargó de excomulgar a su vez al papa León IX; y cada una de esas facciones de la cristiandad mutuamente se siguieron considerando cismáticas. Téngase en cuenta que Miguel Cerulario también abrigaba serias aspiraciones de un papado oriental. Esa mutua excomunión de esos jerarcas del catolicismo romano y la ortodoxia oriental protocolizó lo que históricamente se conoce como el Cisma de Oriente, división que perdura hasta hoy, y que ha causado hasta derramamiento de sangre.


Otras consecuencias

Pese a todas las dificultades, controversias, errores y bajezas, hasta aquí se había buscado el entendimiento y la unanimidad en el reconocimiento de los concilios ecuménicos que de alguna manera expresaban la vida de la Iglesia universal antigua. Después del rompimiento definitivo, ya en plena Edad Media, Roma sólo tiene como ecuménicos sus propios sínodos; de manera que los que siguen los continuamos comentando con esa salvedad, debido a que revisten especial interés por el proceso general de corrupción de la verdad evangélica, y por el desarrollo de la cristiandad occidental que nos atañe a todos. La palabra profética en la Biblia misma nos describe cómo se prostituyó el pueblo de Dios con los gentiles, y vemos en la historia cómo Dios empieza a trabajar para restaurar a Su Iglesia a partir de la Reforma. Todos los concilios tenidos por Roma como ecuménicos repercuten aun dentro del protestantismo, y al analizarlos se esclarecen las raíces, causas y orígenes de muchas de las prácticas que el pueblo tiene como auténticas de Dios, dentro y fuera del catolicismo romano.
Por otra parte, en los momentos actuales el proceso de restauración de la Iglesia bíblica trasciende los límites del protestantismo histórico, pues éste no alcanzó a llenar las expectativas bíblicas de la auténtica Iglesia del Señor Jesucristo; de manera que fue apenas un eslabón. Hace ya casi dos centurias que el Señor sacó del protestantismo un cristianismo de vanguardia, que expresa la auténtica comunión y unidad del Cuerpo de Cristo, donde sólo Él es la Cabeza.
Nótese que hasta aquí, todos los concilios ecuménicos fueron realizados en Oriente, cuya cristiandad quiere ser la guardiana de la fe antigua, la ortodoxa; no así Roma, llena de cartas y escritos papales, con sus falsas decretales a bordo, que le dieron al papado las bases canónicas para erguirse durante siglos sobre toda la cristiandad occidental; de manera que seguimos hablando del desenvolvimiento de una cristiandad en la cautividad babilónica, donde todo estaba impregnado de lo romano, desde la cual Dios siguió trabajando para sacar a Su Iglesia del cautiverio.
Entonces a partir de aquí entramos plenamente en el período católico romano, pues Roma, libre ya de toda crítica y oposición, con un respaldo político diferente del emperador de Constantinopla, como lo es el de los emperadores carolingios de los francos, se encontraba ya en pleno poder y facultad para desarrollar una monarquía universal del papado romano. Ahora la cristiandad occidental pierde su sentido católico, girando hacia lo romano. Con el tiempo en Occidente se confunde lo católico con lo romano, y todo viene a girar alrededor de un personaje que, entre sus muchos títulos, se ha arrogado el de "Vicario de Cristo", y la gente se lo cree, pues en esa época, mucho más que ahora, se ignoraba en general el contenido bíblico del evangelio y muy poco se sabía de la persona del Señor Jesús, de Su obra, de Su ministerio, de lo que ha hecho por nosotros, de que el verdadero Vicario de Cristo es el Espíritu Santo. Pero el Señor ha estado trabajando incansablemente para restaurar las cosas. La construcción de la casa del Señor ha seguido su curso; y oportunamente el Señor empezó a levantar apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, que edificaran a los santos "para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo".

Cap. 9: CONCILIO DE LETRÁN I

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PRIMER CONCILIO DE LETRÁN
(IX Ecuménico1, según Roma)

*(1) A partir del concilio Lateranense I, reunido en 1123, los concilios no han sido considerados auténticamente ecuménicos por la totalidad de la cristiandad, pues sólo han sido convocados por el sistema católico romano.
El Concilio Lateranense I, fue convocado por el papa Calixto II y reunido en el año 1123 en la basílica de San Juan de Letrán, una de las mayores de Roma, para resolver la controversia de las investiduras, la reforma gregoriana del calendario y las indulgencias para los que se enrolaran en las cruzadas y la Tregua de Dios. Este concilio decidió que los obispos católicos fuesen nombrados por el papa romano.

Panorama eclesiástico en tiempos del feudalismo
En el siglo décimo, ya la iglesia, o mejor, su gobierno nicolaíta, se había convertido en la prolongación de la sociedad feudal, y los prelados eclesiásticos llegaron a ser nombrados por los señores feudales, de entre sus propios adictos; de donde, obispos, abades y sacerdotes que llegaron a poseer tierras, debían ocuparse de su administración. Sin duda, hombres sin sentimientos religiosos y mucho menos vocación, escalan las altas jerarquías eclesiásticas con el único objetivo de usufructuar sus múltiples beneficios. A esto la Palabra de Dios le llama nicolaísmo; ésto, y la simonía, o compra de investiduras eclesiásticas al señor feudal por parte de impíos, impregnaron la cristiandad de un espíritu mundano sin parangón en la historia. Pero lo curioso es que el feudalismo eclesiástico había tenido su origen en Roma y su sistema papal, con las falsas donaciones de Constantino, luego las de Pipino el Breve, Carlo-Magno y sus sucesores; de modo que el papa también era un señor feudal, y todo el que dispone de algún poder temporal, lo defiende hasta con el uso de las armas, como de hecho ha ocurrido en el sistema papal romano. Todo ese incontenible desliz de inmoralidad y corrupción en las esferas eclesiásticas romanas llegó al colmo durante un período llamado "pornocracia romana", en tiempos de la famosa Marozia.
Aún a comienzos del siglo noveno, la elección de los papas era hecha por el clero y la nobleza romana, pero condicionada a la ratificación de los emperadores franco-germánicos; esto último impuesto desde el sínodo romano del año 898, el famoso "sínodo del cadáver", cuando el papa Juan IX (898-900) reivindicó la memoria del tristemente célebre papa Formoso (891-896), cuyo cadáver había sido desenterrado y juzgado por el papa Esteban VI (896-897); de manera que fue una época cuando se derramó mucha sangre papal debido a la ambición de los hombres, las intrigas políticas, matándose unos con otros para escalar una tan alta posición eclesiástica; pero lo más triste es que dicen que lo hacen en el nombre del Señor. Incluso al mismo Juan IX y sus sucesores fueron considerados como intrusos y lobos rapaces; pero no queremos ocuparnos de la lista de muertes sangrientas, sino destacar que como los emperadores debían ratificar la elección de los papas, llegó la ocasión en que emperadores llegasen a deponer papas y a colocar anti-papas en su lugar, y algunos de ellos fueron asesinados por la nobleza romana, por el hecho de ser extranjeros, tales como Benedicto VI (972-974), impuesto por el emperador Otón, y Clemente II (1046-1047), impuesto por el emperador Enrique II, de quien había sido capellán de la corte. Los grandes nobles romanos se creían con derecho a elegir al papa.
Durante el reinado de Benedicto IX (1033-1045,47), por cierto uno los papas más libertinos de la historia, hubo tanta intriga, que durante cierto tiempo hubo tres pontífices rivales simultáneamente, cada uno con la ostentación de la pretendida legitimidad. Gregorio VI (1045-1046), en el sínodo de Sutri (en el cual fue depuesto Silvestre III)
confesó que había alcanzado la sede romana mediante una buena suma de dinero pagada a Benedicto IX.
Aun en las épocas más oscuras por las que ha pasado la Iglesia de Jesucristo, es alentador saber que no todo ha sido tenebroso y corrupto. Aunque lo dudemos, pero como en los tiempos de Elías en el Antiguo Testamento, también en esa época hubo verdaderos y fieles siervos del Señor, los cuales, aunque escondidos e incógnitos, estaban enterados de la amarga situación, y clamaban por una reforma de la Iglesia.
La reacción hacia el ascetismo que había ocurrido con ocasión del matrimonio de la Iglesia con el mundo a partir de Constantino el Grande, en un intento por reformar las cosas, se vuelve a repetir en el Medioevo frente a las nuevas incursiones de inmoralidad clerical, feudalización de las altas jerarquías eclesiásticas, el nicolaísmo y la simonía, en una afanosa búsqueda de una forma perfecta de vida cristiana. Hubo épocas en la historia en que la gente huía del mero nominalismo, pensando que podían ganar el cielo sometiéndose a disciplinas y rigores religiosos; de modo que se multiplicaron los movimientos monásticos, los cuales influyeron en algunos cambios en la política papal, en especial el de Cluny, al norte de Lion, Francia, cuya escuela de pensamiento se hizo sentir sobre todo con Hildebrando, un personaje que decididamente tuvo mucha influencia sobre el papado y sobre los concilios papales de la Edad Media, quien después de ser consejero de muchos papas, llegó a la sede pontificia con el nombre de Gregorio VII (1073-1085), y se destacó trabajando para independizar a la iglesia del poder temporal; pero se le fue la mano, llegando incluso a colocar a los reyes y señores feudales bajo la autoridad papal.
Hildebrando despliega una tortuosa política a fin de imponer su dominio sobre el emperador y todos los príncipes europeos. Gregorio VII afirmó que cada hombre bautizado, por el mismo hecho de serlo, se convierte en un súbdito del papa romano durante toda su vida, quiéralo o no, quien puede castigarlo por cada pecado incluso con la pena de muerte y confiscación de bienes. Este astuto papa, para llevar a cabo tremenda transformación de orden moral, político, religioso, doctrinal y ritual, además de su maquinaria (sus monjes clunicenses), puso a funcionar las famosas Decretales pseudo-isidorianas, base fundamental para la reforma gregoriana, de cuyos falsos documentos surgen sus veintisiete pretendidas afirmaciones, que se conocen como "Dictatus papæ", de las cuales destacamos las siguientes:

2. "Sólo el romano pontífice ha de ser llamado universal".
3. "Sólo él puede deponer o rehabilitar a los obispos".
8. "Sólo él puede usar las insignias imperiales".
9. "Él es el único hombre cuyos pies deben besar todos los príncipes".
11. "El título de Papa le pertenece sólo a él (al obispo romano)".
12. "A él le es lícito deponer a los emperadores".
13. "Ningún capítulo y ningún libro ha de tenerse por canónico sin su autoridad".
16. "Ningún sínodo puede ser llamado general sin su autorización".
18. "Una sentencia del papa no puede ser anulada por nadie, sino por él mismo".
19. "El papa no puede ser juzgado por nadie".
20. "Nadie se atreva a condenar al que recurre a la Santa Sede".
21. "Las causas de mayor entidad de cualquier iglesia han de llevarse ante el tribunal de dicha sede".
22. "La iglesia romana no erró jamás ni errará".
26. "El que no está en paz con la Iglesia romana no será tenido por católico".
27. "El papa puede relevar a los súbditos del deber de fidelidad a los soberanos perversos
".

Juzgue el lector si el que escribe y demanda estas cosas puede ser vicario de Aquel que, no teniendo ni una piedra para recostar Su cabeza, dijo: "Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mt. 20:25-28). Es curioso que el punto dos ya había sido condenado por el papa Gregorio I (590-604), quien había afirmado que quienquiera llamarse a sí mismo sacerdote universal, resulta ser precursor del anticristo, pues se coloca por encima de todos los demás.

A medida que se fue abandonando la simplicidad del evangelio, se fue difundiendo entre la cristiandad la creencia en supersticiones, hasta el punto de llegar al convencimiento (lo cual ha perdurado hasta el día de hoy en los medio católicos romanos) de que mediante la adoración de reliquias y la peregrinación a ciertos lugares de la "Tierra Santa" que habían sido escenarios de la vida y ministerio terrenal de Jesús, podrán tener beneficios espirituales especiales. Fue así como desde el siglo V se habían iniciado las peregrinaciones a Palestina, con el convencimiento de que quien moría durante ese viaje, ipso facto ganaba el cielo; de ahí las grandes multitudes que se han dirigido a Palestina en el discurrir de los siglos.
Al surgir el Islam, y en particular la irrupción de los turcos, esas peregrinaciones se imposibilitaron. Fue así como fue impactante y decisivo el llamado a las Cruzadas lanzado por el papa Urbano II (1088-1099) (rival y contemporáneo del papa Clemente III) en el siglo XI, lo cual fue contestado por las masas feudales con el famoso "Dios lo quiere". Con las Cruzadas, el papa, además de rescatar los lugares santos, obtenía un pretexto para formar un frente común contra los musulmanes y de paso canalizar el "fervor" religioso y unificar la cristiandad occidental, que a la sazón se desangraba en lucha fratricida, en un continente "cristiano", en donde hasta el mismo papa romano hubo épocas de disponer de un ejército regular. Para animar tanto a los príncipes europeos como a sus gentes a que se alistasen a matar a sus semejantes en nombre de la verdadera fe, el papa mismo se encargaba de arengarlos, prometiéndoles el perdón de los pecados y el cielo mismo. De manera que en Clermont, Urbano II inventó el asunto de las indulgencias, que tanto daño ha hecho a la humanidad. Una síntesis de sus arengas puede ser: "Si aquellos que fueren a la cruzada pierden la vida durante el viaje, en la tierra o en el mar, o en alguna batalla contra los paganos, sus pecados serán perdonados. Lo concedo por el poder que Dios me ha dado. A un lado los enemigos de Dios; al otro sus amigos". Es triste registrar que por orden del supuesto representante de Dios, en 1099, Jerusalén fue tomada por estos cruzados, y casi todos sus habitantes fueron pasados a cuchillo, fueran musulmanes o cristianos de Oriente; y los sacerdotes cristianos griegos, coptos y sirios que guardaban los Santos Lugares sufrieran horribles torturas a fin de que revelaran dónde se encontraba la verdadera cruz donde fue crucificado el Señor.
Después de muchos años de luchas e intrigas entre los nobles, el emperador y el papado romano, con antipapas a bordo, sobre todo por lo relacionado con el asunto de las investiduras secular de los obispos, dudosas y hasta espurias elecciones de los papas e imposición de rivales, por fin, y después de la convocatoria de muchos sínodos, fue firmada la paz mediante un concordato firmado en una asamblea reunida en la ciudad de Worms, el 23 de septiembre del año 1123; y para confirmar solemnemente esos acuerdos, el papa francés Calixto II (1119-24) convocó el Concilio de Letrán, reunido el 15 de marzo de 1123. Al subir al pontificado, el papa Calixto II revocó la concesión de investidura laica concedida al emperador Enrique V, lo que había originado una serie de disputas, pero ya firmado el Concordato, se solemniza en el Concilio.
El concilio
Haciendo un poco de historia registramos que el templo de San Juan de Letrán es una de las cinco basílicas patriarcales de Roma, construida por el emperador Constantino en el año 324 junto al palacio de Letrán de la antigua Roma, y que fue de propiedad de la familia de Constantino, el cual, conforme la falsa "Donación de Constantino", éste donó para que fuese la sede del obispo de Roma, lo cual se dio durante unos diez siglos.
A partir del presente Concilio ecuménico de Letrán, estas grandes asambleas fueron convocadas y controladas por el papado romano, de manera que hasta el Concilio Vaticano II se trata de concilios papales en todo el rigor de la palabra. Hildebrando, basado en la Decretales pseudo-Isidorianas, acabó con los concilios soberanos, y no es un secreto que los concilios medievales eran meramente unos consejos, pues quien en verdad legislaba era el papa.
En el primer Concilio de Letrán se ratificaron los documentos del Concordato de Worms. El emperador renunció al derecho de investidura, se reconcilió con la iglesia y devolvió las regalías expropiadas. La Iglesia Católica Romana restauró su libertad para la elección y consagración de sus prelados. Prohibición de la simonía y el concubinato de los clérigos.
Fue prohibida la intromisión laica en los asuntos eclesiásticos. Téngase en cuenta que en ese tiempo ya estaba bien arraigado el nicolaísmo y la división de la iglesia entre clero y laicos, de manera que se había consolidado la idea de llamar "iglesia" al sistema dominado por el clero. Dice la Palabra de Dios que en la Iglesia del Señor todos somos sacerdotes.
"4Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, 5vosotros también como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. 9Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:4-5,9).
Respecto a las cruzadas, se aprobó la remisión de penas temporales a los que se alistasen para la "guerra santa contra los infieles", le garantizaban sus bienes y familia, pero castigaban a quienes se negaran a cumplir sus votos de ir a rescatar el Santo Sepulcro y otros lugares. Con esto se aprobó un método de "evangelización" muy distante del ordenado por el Señor, el Príncipe de Paz, pues la piedad medieval no dependía ni se alimentaba de la vida del Espíritu, verdadero vicario de Cristo, sino de las reliquias impuestas por el sistema de un falso vicario. Téngase en cuenta que Palestina era el venero de las reliquias, donde supuestamente se encontraban los objetos "sagrados" relacionados con el Señor y Sus mártires.
El partido gregoriano y el espíritu cluniacense predominantes en este concilio, estuvieron lejos de arreglar la rivalidad imperante entre las dos fuerzas que regían la vida en el Medioevo: la Iglesia y el Estado, pues las doctrinas gregorianas propugnaban por la supremacía del papado sobre los demás poderes. Los legos no podrán disponer de las propiedades eclesiásticas, pero los obispos y el papa seguirían gozando de sus privilegios y régimen feudal, lo cual genera nuevos enfrentamientos posteriores.
Con este Concilio se inicia una nueva modalidad canónica: Los cánones conciliares no fueron decretados por la asamblea de obispos sino por el papa. Por fin la cristiandad occidental caía enteramente en manos del papado romano, y en cuyas asambleas "ecuménicas" los obispos eran unos meros títeres, y la política gregoriana coronaba un gran triunfo. El catolicismo romano había logrado la completa sumisión de la autoridad civil a la eclesiástica. ¿Quedaría resuelto el consuetudinario enfrentamiento entre el papa romano y el emperador?

Cap. 10: CONCILIO DE LETRÁN II

10
SEGUNDO CONCILIO DE LETRÁN
( X Ecuménico, según Roma)


Convocado por el papa Inocencio II en el año 1139, reunido en la basílica de San Juan de Letrán en Roma, inmediatamente después de la muerte de su rival Anacleto II. Produjo la excomunión del monarca Rogelio II de Sicilia y la condena de los seguidores de Pedro de Bruys, predicador precursor de la reforma en el sur de Francia y Arnaldo de Brescia en Roma, por oponerse al papado. En este concilio hubo un intento de sanar la división entre la iglesia ortodoxa oriental y el catolicismo romano.

Panorama preconciliar
En el panorama preconciliar corrían vientos de reforma. En la cristiandad medieval se destacaron figuras prominentes como el monje abad de los cistercienses Bernardo de Claraval, conspicuo místico, que por escrito y en elocuente oratoria defendía lo que en su momento él consideraba ortodoxo, y ataca las "herejías". Bernardo estaba convencido de la gracia perdonadora de Cristo, gracia obnubilada por su vinculación a las causas oficiales de la iglesia de Roma. A pesar de ser devoto de la Virgen, nunca creyó en la inmaculada concepción de María. Por venir esto de uno de los personajes más destacados de la cristiandad medieval, este nuevo "dogma" se retardó durante siglos en ser aprobado oficialmente por Roma.
En tiempos de Bernardo, y durante siete años, hubo simultáneamente dos papas: Inocencio II (Gregorio Papareschi) y Anacleto II (Pedro Pierleoni, de origen hebreo), también conocido como "el papa del ghetto"; pero Bernardo de Claraval se inclinó a favor de Inocencio II, e influyó ante el emperador Lotario III para que se pusiera al lado de Inocencio. Ambos papas tenían a su favor un sector de la cristiandad latina.
Hubo otros personajes que en ese mismo tiempo anhelaban una verdadera reforma de la Iglesia, la cual se había apartado de la primitiva pureza; además, la reforma según los principios gregorianos había dado muestras de ser impotente. Los hechos registrados en el Antiguo Testamento fueron escritos para nuestro ejemplo y luz. En los tiempos del profeta Elías, en medio de una gran apostasía nacional, ni aun el profeta mismo sabía que había cinco mil israelitas que se habían guardado de adorar a Baal. También en el siglo XII, Dios había preservado algunos núcleos evangélicos, antirromanistas y antijerárquicos; núcleos que siempre han existido a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Si tú eres cristiano en el mejor sentido de la palabra, y no apelas a los legalismos, a las tradiciones y lo meramente eclesiástico y clerical, es porque apelas a la Escritura y al Espíritu.
Entre esas personas que en su momento se opusieron al sistema, se destacan Pedro de Bruys, Enrique de Lausana y Arnaldo de Brescia. De estos tres personajes, transcribimos las palabras de José Grau, en su libro: Catolicismo Romano: Orígenes y Desarrollo:

"Cabe destacar en primer lugar a Pedro de Bruys, sacerdote francés de vida casi ascética, que rechazaba el bautismo de niños, las ceremonias eclesiásticas, el sacerdocio y las oraciones por los muertos. Atacaba la Iglesia visible y sólo reconocía la invisible en el corazón de los verdaderos creyentes. Estaba en contra de los templos y la veneración de crucifijos. Enseñaba que lo que fue instrumento de la muerte de Jesús debía ser despreciado, por lo que se dio a la quema de cruces, usándolas incluso para cocinar sus alimentos. El populacho supersticioso no pudo resistir al radical reformador y lo echó a la hoguera en 1124. Sus numerosos seguidores fueron llamados petrobrusianos y se extendieron ampliamente por las tierras dominadas por el papado. Tanto Pedro de Bruys como sus seguidores, fueron muy exagerados y radicales en cuestiones secundarias, pero hemos de interpretar sus reacciones a la luz (o mejor dicho: a la sombra) del tenebroso espectáculo religioso de sus días".
"Enrique de Lausana, que al parecer tuvo contactos con Pedro de Bruys, era un ex-monje de Cluny, hombre muy erudito y piadoso, que se condolía por la falsa
y supersticiosa esperanza que el pueblo tenía en las reliquias. Predicó vehemente en contra de las reliquias e incitó al arrepentimiento y fe genuinos. Creía además que los sacramentos serían válidos solamente cuando fueran administrados por sacerdotes santos. Condenaba la ostentación y el lujo del clero de su tiempo y seguía el movimiento petrobrusiano. El obispo de Arles, indignado por el apostolado de Enrique, lo arrestó y lo condujo ante un Sínodo reunido en Pisa el año 1135, del que pudo salir bien librado, pero al oponérsele Bernardo de Claraval, fue apresado nuevamente y condenado a cadena perpetua. Murió en 1149".
"Figura descollante entre estos pioneros de la Reforma, es la de Arnaldo de Brescia, del cual se ocuparía ampliamente el papa Inocencio II y su segundo concilio de Letrán. Arnaldo era un joven y entusiasta canónigo que atacó con ferviente oratoria el poder secular de la Iglesia, basándose en una concepción más espiritual y bíblica del Cuerpo de Cristo. Predicó en favor de una Iglesia más santa y pura, de acuerdo con el modelo de la Iglesia apostólica. Sostenía que sólo la renuncia de las posesiones materiales y de la ambición secular podría llevar a una renovación auténticamente cristiana. Mientras las teorías de Hildebrando abogaban por la supremacía teocrática de la Iglesia, Arnaldo deseaba la completa separación entre el Estado y la Iglesia. Esto le llevó a pedir la restauración de la antigua República de Roma en sustitución del gobierno secular del papa. Arnaldo creía firmemente que la misión de la Iglesia es puramente espiritual y que por consiguiente no tenía que ir tras el poder y las riquezas, sino contentarse con los diezmos y las ofrendas voluntarias
"
.*(1)
*(1) José Grau. Catolicismo Romano: Orígenes y Desarrollo. Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona. Tomo I. 1987. P. 314.

Milán y gran parte de las provincias del norte de Italia habían permanecido por siglos remisas a someterse a la jurisdicción del papado romano; de manera que cuando Inocencio II logró por fin someterlas a su autoridad en el año 1133, a los pocos años, en esas mismas regiones surgió el foco principal del gran movimiento evangélico medieval de los valdenses, que toma su nombre de Pedro Valdo, y que se relacionan con los llamados "pobres de Lyon", condenados en el Concilio III de Letrán en 1179. Estas cosas sucedieron mucho antes de que naciera Martín Lutero.

El concilio
Convocado el concilio por el papa Inocencio II, sus sesiones de casi un mes de duración, se celebraron en la basílica de San Juan de Letrán, a partir del 4 de abril de 1139, con la sola asistencia de los obispos y abades de occidente.
Como es de suponer, este concilio bajo el dominio absoluto de Inocencio II, procedió a deponer a todos los obispos y clérigos que habían estado del lado de su rival Anacleto II, con anatemas y acusaciones de herejes y cismáticos a bordo. A pesar de que Anacleto II había sido elegido por un número de cardenales ligeramente mayor que a Inocencio II. A cuántos incautos y sencillos creyentes harían daño los jerarcas romanos con todas estas medidas politiqueras. Vaya usted a entender estas cosas de esos infalibles personajes. Además el concilio:
- Condenó la simonía, la usura, el lujo y relajación de clérigos y monjes. A éstos se les prohibió estudiar medicina.
- Declaró nulo el matrimonio contraído por clérigos y monjes a partir del subdiaconado.
- Aprobó el canon llamado del "Privilegio", que condenaba con la excomunión a los que injuriasen o maltratasen con violencias físicas a los clérigos.
- Condenó a Arnaldo de Brescia a guardar silencio, y sus teorías acerca de una iglesia apostólica y humilde, tenidas por heréticas.
- El canon 23 acusó de herejía a Pedro de Bruys, al cual el populacho quemó.
- Excomulgó políticamente al rey Rogerio de Sicilia, por haber apoyado a Anacleto.

Consecuencias
Arnaldo de Brescia, después de haberse trasladado a París, huyó a Zurich, donde fue acusado de herejía por Bernardo de Claraval; luego fue apresado por orden del emperador Federico Barbarroja, en 1154, y más tarde ahorcado (1155) por orden del papa Adriano IV, su cuerpo quemado y sus cenizas lanzadas al río Tíber.
Pero en el pueblo iban siendo aceptados los planteamientos de Arnaldo, hasta el punto que los romanos se levantaron en contra del poder secular del papa, y que se proclamara la República. No podían la exaltación papal y la política gregoriana hacer más que daño en la cristiandad; y en el fondo muchos papas sinceros lo reconocían, como un Eugenio III (1145).

Cap. 11: CONCILIO DE LETRÁN III

11
TERCER CONCILIO DE LETRÁN
(XI Ecuménico, según Roma)


Este concilio fue convocado por el papa Alejandro III (Rolando Bandinelli) (1159-81). Reunido en la basílica de San Juan de Letrán, en Roma, en el año 1179, para imponer la disciplina eclesiástica. Se tomaron medidas adicionales para reformar al clero frente a la simonía. Se ocupó asimismo del cisma entre los papas del período del emperador Federico I Barbarroja.

Antecedentes
A pesar de lo aprobado en los dos concilios lateranenses anteriores, aún seguía fermentando la virulencia de la teocracia legada por Hildebrando en el romanismo; pero frente a esta teocracia, se erigían las ambiciones de Federico I Barbarroja (1125-1190), quien subió al trono imperial con el firme propósito de revivir las ideas imperiales de Carlo-Magno, y restaurar la grandeza del Sacro Imperio Romano Germánico. Después de haber apresado a Arnaldo de Brescia por sus ideas de restaurar la República en Roma, Federico fue coronado en San Pedro el 18 de Junio de 1155 por el papa Adriano IV, quien no veía en Federico a un gobernante superior al papado, al estilo de Carlo-Magno, sino a alguien inferior al Sumo Pontífice, lo cual tuvo sus enojosas consecuencias.
Es interesante tener en cuenta que la supremacía que invocaba cada uno -papa y emperador- sobre el otro, se reflejaba en pingües regalías y beneficios. Federico interponía las concepciones imperiales según el Derecho Romano de Justiniano,*(1) queriendo volver así al poder absoluto de los césares, pero el papa también movía sus fichas para reivindicar sus supuestos derechos de señor feudal.
*(1) Favor leer el capítulo 5, Segundo Concilio de Constantinopla.

A Adriano IV lo sucedió en el trono papal Alejandro III, ducho en doctrinas relacionadas con las pseudo-isidorianas y opositor empedernido de Federico Barbarroja; pero la facción imperial eligió al cardenal Octaviano con el nombre de Víctor IV, volviéndose a repetir temporalmente el caso de dos papas rivales, proliferando los sínodos para excomulgarse mutuamente; pero después de muchos años de luchas e intrigas, el emperador cedió en favor de Alejandro III, a quien en un acto de arrepentimiento, y para que se le levantase la excomunión, le besó los pies en Venecia, el 24 de julio de 1177.
Como es de suponerse, frente a una jerarquía eclesiástica dominante y entregada a las intrigas feudales e intereses temporales y mundanos, hubo reacciones del pueblo, a veces mal enfocadas y fundamentadas en errores, como el caso del movimiento surgido al sur de Francia y norte de Italia, de los llamados Cátaros ("los puros") o albigenses, de Albi, ciudad francesa. Ellos, aunque de vida moralmente alta, retomando ideas gnósticas y maniqueas, eran dualistas; creían en dos fuerzas antagónicas igualmente eternas: una que personificaba el Bien y otra el Mal. De manera que también estaban alejados de la verdad del evangelio, atribuyendo al diablo todo o parte del Antiguo Testamento; eran enemigos del matrimonio, teniéndolo por obra de la carne; negaban la encarnación real y resurrección corporal de Cristo; de manera que ellos atribuían la salvación a las obras de vida y ritos como el ayuno, la repetición de ciertas oraciones y un llamado bautismo espiritual. La reacción del sistema en contra de todo lo que consideraran herejía y se les opusiera, era persecución con el uso de la espada y la hoguera.
El concilio
Para consolidar la paz y borrar malos recuerdos, el papa Alejandro III convocó un concilio ecuménico, el cual se reunió en la basílica de San Juan de Letrán los días 5, 7 y 19 de marzo de 1179, con la participación de 291 obispos y abades, la mayoría italianos. En sólo tres sesiones, el papa hizo aprobar 27 cánones. Con razón el emperador llamó a este concilio "el concilio del Sumo Pontífice", el cual aprobó asuntos como los siguientes:
- En adelante el papa sería elegido por una mayoría de votos de las dos terceras partes, so pena de excomunión y privación del orden eclesiástico.
- Invalidación y deposición de todas las ordenaciones hechas por los antipapas y sus ordenados.
- Prohibición de poseer y usufructuar varias dignidades eclesiásticas, pues a veces una sola persona recibía el producto de varias parroquias, y por ser beneficiario ausente, empleaba sustitutos.
- Este concilio, además de la excomunión, proclamó una cruzada contra los grupos considerados herejes, como los cathari, la que fue, en la opinión de algunos, la primera ocasión en que el sistema católico romano empleara este método contra quienes se llamaban cristianos.
- Hubo también disposiciones contra los usureros, sarracenos y piratas. Por ejemplo, prohibió que los judíos y musulmanes tuvieran esclavos cristianos. Este concilio, obrando en teoría a nombre del cristianismo, declaró que ningún cristiano debía ser sujeto a servidumbre. Esto iba encaminado a que entraran nuevamente en vigor las antiguas leyes antijudías, que prohibían rigurosamente a los judíos emplear cristianos a su servicio. A los cristianos se les prohibía vivir en los barrios donde vivían los infieles, como un paso hacia el futuro ghetto. También este concilio declaró a los judíos sospechosos de colaboración con los "herejes" albigenses.
- Como en otros concilios medievales, se legisló en contra de la simonía y la incontinencia del clero.
- Pedro Valdo y sus seguidores, "los pobres de Lyon", ante las restricciones por parte de muchos obispos para predicar y evangelizar en su calidad de seglares, pidieron la autorización a este concilio, pero les fue denegada. Aunque el papa alabó y admiró la pobreza de los evangélicos valdenses, no les concedió lo que solicitaban, a pesar de que ellos buscaban la reforma de las costumbres sin apartarse de la obediencia a Roma, ni criticarla. Lástima grande, que cada vez que el Señor ha tocado las puertas de ese sistema para que vuelvan a Dios, han rehuido escuchar los emisarios del Señor; al contrario, los han perseguido, los han afrentado, los han golpeado, los han encarcelado, les han confiscado sus bienes y los han llevado a la hoguera. No han tenido luz en sus ojos para ver lo que el Señor dice: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame (Mateo 16:24). El lenguaje de los valdenses era extraño para estos eclesiásticos, más preocupados por las intrigas políticas y el engrandecimiento del papado, que por glorificar al Señor que ellos decían representar, y ser instrumentos de Dios para la salvación de las almas. Tan es cierto lo de esta ceguera, que años más tarde un inquisidor de Passau llegó a declarar que los valdenses eran la secta más perniciosa para la Iglesia Romana, alegando que era la más antigua, la más extendida y por su gran semblanza de piedad. Eso nos demuestra que siempre ha habido un remanente fiel al Señor y a la fundamental doctrina de los apóstoles.

Consecuencias
A pesar de la paz de Venecia y de su ratificación en el concilio, las fricciones y contiendas entre Federico y los sucesores de Alejandro III en el papado continuaron, hasta que el emperador pereció ahogado el 10 de junio de 1190, cuando se puso a la cabeza de la tercera cruzada, en un intento por liberar el Santo Sepulcro.
El papa Lucio III excomulgó a los valdenses en un sínodo en Verona en 1183, pero ellos, por la poderosa voluntad de Dios, se siguieron extendiendo por todo Occidente. Un sistema dominado por el eclesiasticismo y la jerarquía clerical como el romanismo, ve una amenaza en un movimiento sencillo y laico que además tiene interés en serle fiel al Señor. En la historia de la Iglesia, a los valdenses se les conoce como un movimiento precursor de la Reforma, protagonistas como eran de una lucha frente a un sistema que se apartaba cada día más de la verdad; eran como un espejo donde podían mirar los romanistas sus desvaríos, mientras que el papado se iba fortaleciendo más. En la medida en que el papado se alejaba más de las doctrinas que predicaba el apóstol Pedro, más se hundía en las "grandezas" de las glorias terrenas por las teorías legadas por Hildebrando sobre el gobierno de la iglesia romana y su hegemonía universal.